La situación geopolítica de Groenlandia ha sido puesta sobre la mesa por el analista económico Marc Vidal, quien resume el complejo tablero de poder con una frase contundente: “Groenlandia es europea en los papeles, pero las llaves del edificio las tiene otro”. Esta afirmación expone una realidad incómoda para Europa: aunque la isla pertenece nominalmente al reino de Dinamarca, un estado miembro de la OTAN y socio de la Unión Europea, su control estratégico y su seguridad están, en la práctica, en manos de Estados Unidos. Según explica Vidal, Europa conserva únicamente el “título de propiedad” de Groenlandia, pero “ha entregado las llaves”. Esto significa que las decisiones estratégicas, la seguridad y el coste de proteger este vasto territorio ártico han sido “subcontratados a Washington”. Esta cesión de poder no es una amenaza directa, sino una “reconfiguración unilateral de sus prioridades” por parte de la superpotencia norteamericana, que impone su agenda sin necesidad de confrontación. El analista subraya que, en este nuevo escenario, “cuando una superpotencia invoca a la seguridad nacional, el derecho internacional se convierte en nota al pie”. En otras palabras, la fuerza y la capacidad de decisión definen el debate, dejando a otros actores en una posición secundaria. Vidal recuerda que esta dinámica ya se ha visto recientemente en otros contextos, como en Venezuela, donde las prioridades de una potencia han redefinido la situación sin que el marco legal internacional pudiera impedirlo. La respuesta de Europa ante esta pérdida de influencia es, según el analista, el silencio. Un silencio que “no es por prudencia, sino por falta de posibilidad de responder”. La Unión Europea, en este y otros asuntos estratégicos, parece haber adoptado el mutismo como su nueva doctrina. Esta actitud refleja una preocupante falta de herramientas para defender sus intereses en el escenario global. Esta nueva doctrina se manifiesta en la ausencia de una postura contundente. Como señala Vidal, “su silencio se ha vuelto doctrina, sin líneas rojas ni diplomacia firme, solo quedan comunicados y gestos”. En el caso de Groenlandia, la respuesta europea se limita a gestos simbólicos hacia Dinamarca, sin abordar el fondo del asunto: la creciente irrelevancia estratégica del continente en su propio vecindario. Para Marc Vidal, esta situación es un síntoma de un cambio de paradigma en las relaciones internacionales. “El siglo veintiuno no enfrenta grandes contra pequeños, sino decisores contra los que lo explican”, afirma. En este nuevo orden, el actor fuerte es el que define el debate y toma las decisiones, mientras que otros se limitan a analizar, explicar o emitir comunicados sin capacidad real de influir en los acontecimientos. Groenlandia se convierte así en un claro ejemplo de cómo la soberanía nominal puede vaciarse de contenido. La isla, rica en recursos y de un valor estratégico incalculable en el Ártico, permanece legalmente en Europa, pero su destino y su protección ya no se deciden en Copenhague o Bruselas, sino a miles de kilómetros, en Washington. Europa, mientras tanto, observa desde la barrera, convertida en una espectadora que ha cedido el control de una de sus posesiones más estratégicas.