Rafael Amargo: «He vivido una pesadilla en un mundo oscuro que no merecía»

«Me siento vulnerable. Me da respeto desfilar por una alfombra roja porque me siento perdido, como si después de tanto tiempo ya no supiera desenvolverme con naturalidad. He perdido la costumbre», confiesa dolido Rafael Amargo . La Ley de Segunda Oportunidad es un mecanismo legal por el que «una persona física, a pesar de un fracaso económico empresarial o personal, tenga la posibilidad de encarrilar nuevamente su vida e incluso de arriesgarse a nuevas iniciativas sin tener que arrastrar indefinidamente una losa de deuda». Por eso, Rafael Amargo, absuelto por graves delitos , pero condenado a 'pena de Telediario', tiene derecho a empezar desde cero, libre de culpas. Con el pasado a un lado, el bailarín nos habla de un presente que tiene puestas en 'Alá ! Iré' las esperanzas de su futuro: «Todo nace porque mi padre me dijo que no quería morir sin verme volver a triunfar en la Gran Vía. Gracias a él, que me ha apoyado como productor, he creado un espectáculo de flamenco electrónico con un guiño a la inclusión, con un bailarín en silla de ruedas. Esta función simboliza un renacer , con poco presupuesto, pero con mucha calidad». Pero el regreso tiene un precio: «Después de tanto tiempo, sentí el vértigo y algo de miedo. Tenía claro que debía estar al mismo nivel, incluso mejor, que en mi último estreno. Entrené, perdí peso, ensayé con un gran equipo, y el resultado ha sido el reencuentro con el aplauso de un público que me estaba esperando con cariño. Solo pido que se me abran las puertas para llevarlo a todas partes ahora que soy inocente. Me tragué cinco meses de cárcel, hice una huelga de hambre, acudí a Proyecto Hombre… He vivido una pesadilla en un mundo oscuro que no debí conocer, no lo merecía. Y espero contar mi historia en un documental para resarcirme». Mientras todo se desvanecía, tanto amigos como proyectos, alguien que le quiere lo dejó todo para estar a su lado: « Luciana sacrificó parte de su vida, como ir a Italia a visitar a sus padres, por apoyarme y cuidarme. Ahí es cuando ves que de verdad te aman, que confían en ti y no te abandonan cuando las cosas se ponen difíciles. Puedo decir que en el amor me siento seguro, tranquilo, agradecido. Además, en este tiempo también he aprendido a conocer el amor propio, porque siempre he sido de entregarme sin preocuparme por mí . En eso he aprendido la lección». Sus hijos también han estado cerca, pero Rafa reconoce que con ellos la relación es distinta: «Están ya en una edad en la que son independientes, uno vive en Países Bajos, el otro es árbitro profesional. Me ven más como un colega. Cuando sus compañeros venían con ellos y me los llevaba de viaje, siempre les decían '¡Qué enrollado es!' También es verdad que todavía soy más hijo que padre, aunque a veces pienso que también ha sido una pena ser más artista que padre, con esas giras que no me han permitido estar en casa con ellos. Pero la vida te va llevando...». Y en su caso, de nuevo a la casilla de salida: «He vendido pisos y un patrimonio de más de dos millones de euros. Le han arrebatado el pan a mis hijos, pero mantengo una casa preciosa de tres plantas en la que guardo una colección de arte que he logrado salvar». En esta nueva etapa espera que se le conozca mejor: «Creo que muchos tienen una falsa idea de mí . Me ven prepotente, redicho, engreído. Creo que gano en las distancias cortas. En verdad soy humilde, no me lo creo, me tienen que decir las cosas para recordármelas. No he sabido mostrarme como soy y no ven cómo me siento de verdad, siempre dispuesto para ayudar a los demás, porque yo me mato por la gente, pero luego no tengo tripas para hacerlo por mí». Se considera un soñador, «pero lo que sueño lo cumplo a lo grande o ni me molesto». También algo caprichoso, «pero no tengo prisa en conseguir las cosas. No soy de 'lo quiero ya', soy de 'lo quiero y ya lo tendré'. Soy caprichoso a largo plazo ». Y un romántico «en el sentido renacentista porque tengo un alma libre», que encaja con el perfil de un seductor: «La necesidad de carne afloja, pero sigue el deseo de gustar, de provocar el deseo». Rafa, que ha vivido su bisexualidad con naturalidad, cree que «hay mucho tabú en ese tema. Yo nunca salí de ningún armario porque en mi casa no daba miedo hablar de ello. Creo que lo bonito es enamorarse de la persona, sea hombre o mujer, y dejarse llevar por la atracción, sin temer el traspaso de la piel». Y cuando nadie le ve, Rafa escribe, pinta, deja a un lado el móvil y la televisión, recibe menos visitas y se dedica más tiempo para él. Algunas veces solo se deja caer en el sofá y otras, «me dedico a hacer cosas para que nadie me vea». El 'emoji' que más usa: «El que tiene la boca torcida y parece que dice, 'Ay, he metido la pata', mordiéndose el labio». Se haría un 'selfi' con : «Soy poco mitómano. Si le pido un selfi a alguien es porque me la llamado la atención, así que luego podemos tomarnos un café a ver qué pasa». Un sacrificio por la fama: «Poco, porque siempre he tenido claro el precio a pagar en esta profesión y en este tipo de vida que conlleva». Un momento 'Tierra, trágame': «Cuando un ministro me hablaba para darme un reconocimiento y una asesora le corrigió porque era para Vicente Amigo. Confundió Amigo con Amargo». Algo que no puede faltar en su día a día: «Acordarme de mis padres, tengo pasión por ellos». Un propósito que nunca cumple: « Tener un orden en mi vida, ir al gimnasio y seguir con rutinas. Pero luego llega el trabajo y es imposible». Un lugar para perderse: «Marrakech o Buenos Aires». Su primer beso: «Era muy torpe, con todo al mismo lado. Con el tiempo entendí que hay bocas que no cuadran. Fue un beso truncado, no uno de película». Tiene miedo a: «A las ovejas mansas que no ves venir. Prefiero cualquiera que venga de frente». Dentro de 10 años se ve: «Con más vitalidad, con mi fortuna recuperada poco a poco con esfuerzo. La vida me tiene que devolver lo que me han arrebatado de manera injusta». El pequeño Rafael : «Era un niño de pueblo que estudiaba en un colegio del Opus, pero luego salía a jugar a la calle con los gitanos. Nunca me llamaron 'mariquita' por querer ser bailarín, al contrario, mis padres me apoyaron, Era un niño bueno, precoz para todo: los fines de semana me escapaba a Granada para ver los espectáculos. Conservo los amigos de entonces: los compañeros del colegio tenemos un grupo de 'whatsapp', Los 50. Me doy cuenta que soy muy querido. El que tiene la boca torcida y parece que dice, 'Ay, he metido la pata', mordiéndose el labio.