Es imposible abstraerse de las tropelías que a diario protagoniza el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cuya permanente verborrea soez invita a poner en duda de si en realidad está en su sano juicio. Tanto le da por saltarse el derecho internacional para capturar al presidente de un país extranjero, como ha hecho con el de Venezuela, Nicolás Maduro, como reclamar Groenlandia bajo amenaza de ocupación militar; aunque la isla forme parte del territorio de Dinamarca. La última ocurrencia es la de plantearse lanzar a su ejército contra los cárteles mejicanos, además de favorecer el cambio de régimen político en Cuba. Y esto en el exterior. En el interior, una policía especializada se dedica a detener a inmigrantes para expulsarlos del país, aunque sea a costa de matar a quienes intentar defenderlos. Trump es matonismo puro y duro, un matonismo que, reconozcámoslo, deja en evidencia a una timorata y pusilánime Europa que ha vivido aferrada a la teta americana en materia económica y de seguridad desde que acabó la II Guerra Mundial.