La historia se repite porque desde Estados Unidos únicamente soplan aires de petróleo. Con la nueva llegada de Trump a la Casa Blanca, se ha reavivado la vieja piratería. Se cambia el parche en el ojo de los filibusteros por un traje de seda y las gracietas de un gorila vestido de bufón enamorado de sí mismo, pero se mantiene el saqueo como única doctrina válida. Cambian los discursos, pero no las manos que aprietan el cuello de Latinoamérica. La política exterior vuelve a girar sobre el castigo y la amenaza, que pretende reducir a los países latinoamericanos en despensa del imperio. Esa obsesión por el petróleo venezolano y no por las penurias de la gente de a pie vuelve a encender las alarmas. Cuando el crudo se va a Oriente, Estados Unidos enseña los dientes sin ningún miramiento. Washington reacciona con sanciones y operaciones. Pero sucede que China domina los mercados y consolida rutas comerciales que provocan que el viejo sueño americano se vaya apagando, precisamente de eso: de vejez. Un país con portaaviones en el Pacífico y ciudadanos durmiendo bajo puentes resume la fractura de nuestra época. Lo que vivimos a escala mundial es una auténtica crisis de humanidad, ya que se ven a los pueblos como meras minas abiertas de lo que sea. De este modo, la catástrofe que se avecina será ambiental, económica y moral. A lo largo de la historia, todos los grandes imperios han ido cayendo. Y caerá cualquiera fundado en el robo y que esté en manos de un psicópata como Trump. Pero lo lamentable es que, de momento, el precio lo paga la gente común, como siempre. Latinoamérica sigue siendo la tierra donde la riqueza natural se transforma en pobreza humana. Sería ideal que dejara de ser un tablero y se convirtiera en jugador, antes de que el último recurso que nos quede sea nuestra propia existencia.