Mercè Rigo i Grimalt, psicóloga y psicoanalista, se crio arropada por las historias orales de los faros en los que vivieron su madre y su familia. «Mi abuelo era farero y llegó a habitar diecisiete faros diferentes. Estuvo en dos ocasiones en Columbretes, una isla de un kilómetro y medio de largo donde convivían cuatro torreros y sus familias, a 73 kilómetros de Castelló. La comida les llegaba cada quince días en unas cajas de hierro y allí mi abuelo conoció, en 1895, al Arxiduc. Mi madre, su hermana y sus padres carreteaban los ‘mundos’ como único equipaje, porque los faros estaban equipados con lo estrictamente necesario. Una tía, diez años mayor que mi madre, vivió hasta los 25 años en faros y fue ella, que tenía una gran memoria y un don especial para contarnos las vivencias, la que nos fue inyectando desde la infancia aquellas historias, a veces terribles, de unos seres aislados que tenían que convivir con uno, dos o tres fareros y sus familias a principios del siglo XX», recuerda.