A Europa frente al abismo, entre la decadencia interna y la tiranía externa

La sucesión vertiginosa de los últimos acontecimientos –la toma de Venezuela, la amenaza a Colombia, el deseo de apropiación de Groenlandia y el desprecio declarado por las instituciones multilaterales y por la propia ONU– expone algo que muchos aún insisten en no ver. No estamos ante episodios aislados, sino ante la expresión calculada de un proyecto de poder que se alimenta del caos global y de la erosión de las democracias. Trump no es una figura excéntrica operando en el margen del sistema. Es, por el contrario, el catalizador de un reajuste geopolítico que encontró en la fragilidad europea el terreno perfecto para alimentarse y avanzar. Europa se habituó a delegar su defensa, a externalizar su valentía, a creer que la paz era un derecho adquirido y no una construcción diaria. Hoy, esa ilusión se revela fatal. Trump no quiere a Europa tal como está organizada hoy, sino que quiere sus escombros. Quiere negociar país por país, como quien despedaza un cuerpo ya debilitado e incapaz de defenderse. Y mientras muchos líderes europeos continúan inermes, entretenidos con discusiones domésticas y agendas cortas, el tablero global se reorganiza sin nosotros. Rusia desempeña, silenciosamente, el papel del aliado tácito que prepara el terreno, fragmentando regiones, alimentando conflictos, explotando nuestra indecisión. ¿Y la UE? Observa. Reacciona tarde. Y, sobre todo, reacciona sin convicción y sin hablar al unísono.