Están por todas partes, en las salas de espera, en los autobuses, en las cafeterías. Desbloquean su móvil y, a pesar de no estar solos, empiezan a reproducir vídeos aleatorios. Podrían bajar el volumen o usar auriculares, pero no barajan la posibilidad de estar molestando o, sencillamente, les da igual el prójimo. Suelen ser vídeos de políticos haciendo el payaso durante sus discursos, al estilo Trump, con sus muecas y su arrogancia sin complejos. Aunque también proliferan los pódcast a través de los que los predicadores modernos animan al desprecio de todo lo ajeno al interés personal (no solo se lleva imponer la voluntad propia sin importar la de los demás, sino que se aplaude hacerlo ridiculizando o humillando por el camino a alguien). Son vídeos que certifican el reinado actual del individualismo más salvaje, que se ve encarnado en esos especímenes, normalmente señores, que dejaron hace años de hablar para empezar a rebuznar, para los que no está bien visto mostrar entusiasmo, para los que no hay más bandera que la del desdén. Espero no convertirme nunca en un señor mayor, y no me refiero a cumplir años, sino en materializar el triunfo del egoísmo y el embrutecimiento. Este no es un perfil sociológico inventado: me cruzo con ejemplos a diario.