La Cuarta Cruzada es el relato de cómo una guerra santa para liberar Tierra Santa terminó con el saqueo de Constantinopla, la mayor metrópolis cristiana de Oriente. Sobre el papel, el plan original del Papa a comienzos del siglo XIII parecía una estrategia sensata y moderna: atacar primero Egipto, el granero de Jerusalén, para debilitar su logística antes de la ofensiva final. Para mover un ejército por mar en aquella época, se necesitaba una capacidad industrial que solo Venecia poseía. La república mercantil era el Amazon del Mediterráneo, capaz de construir flotas a gran escala, y los líderes de la cruzada, en su mayoría nobles en busca de gloria, firmaron un contrato para transportar a las tropas a cambio de una cantidad monstruosa de dinero. Sin embargo, el plan financiero fracasó, ya que al llegar a Venecia el ejército cruzado era más pequeño de lo previsto y no tenían el dinero pactado. Aquí entra en escena Enrique Dándolo, el anciano y astuto dux de Venecia, quien ofreció una solución que cambiaría el rumbo de la historia: los cruzados podían saldar su deuda prestando sus servicios armados a la república. La misión divina quedaba así supeditada a los intereses de su acreedor. La perversión de lo mercantil desvió la cruzada de su objetivo, demostrando que "si tu cruzada depende del transportista, tu cruzada se convierte en un envío a contrarreembolso". El primer "trabajo" para saldar la deuda fue la toma de Zara, una ciudad cristiana en la costa dálmata y rival comercial de Venecia. A pesar de la furia del Papa, que amenazó con la excomunión, los cruzados aceptaron, atrapados en Venecia y con la alternativa de la disolución de la cruzada. Este episodio reveló que "cuando fe y logística chocan, la logística cobra primero". Tras la toma de Zara, un nuevo personaje desvió aún más la expedición: Alejo, un pretendiente al trono bizantino. El príncipe prometió a los cruzados dinero a espuertas para pagar su deuda, tropas para la cruzada y la reunificación de la Iglesia oriental con Roma. La condición era reponerle en el trono de Constantinopla, lo que implicaba atacar la ciudad cristiana más poderosa del mundo. La llegada de los cruzados ante las imponentes murallas de Constantinopla derivó en un asedio. La ciudad, sumida en crisis internas, no pudo resistir la presión y el asalto final se convirtió en un saqueo brutal, con incendios, profanaciones y una violencia desmedida por parte de unos soldados movidos por la promesa de un botín. Tras el saqueo, los vencedores se repartieron los territorios e intentaron establecer un Imperio Latino, nombrando un emperador occidental. Esta nueva estructura fue inestable desde el primer minuto, al gobernar una minoría sobre una población hostil. Venecia, por su parte, obtuvo lo que buscaba: el control de rutas comerciales y posiciones estratégicas. La herida más profunda fue histórica y emocional. Oriente no olvidó el saqueo a manos de sus hermanos de fe, y el cisma entre las iglesias se agravó de forma irreversible. Bizancio quedó debilitado de forma irreversible, perdiendo recursos, población y cohesión interna. La Cuarta Cruzada, nacida para fortalecer a la cristiandad, terminó por dinamitar uno de sus pilares desde dentro. Al dejar a Constantinopla herida de muerte, allanó el camino para su caída definitiva un siglo y medio más tarde, cuando pasó a llamarse Estambul. Los cruzados volvieron a casa no con la gloria de liberar Jerusalén, sino con los tesoros y reliquias arrancados del corazón del cristianismo oriental.