Osasuna ha tenido buenos momentos de juego durante la temporada; sin embargo, el equipo no termina de despegar. Los resultados fuera de casa, dos puntos en la primera vuelta, condenan al equipo a mirar a la parte baja de la clasificación. La derrota contra el Girona deja a los de Alessio Lisci a dos puntos de los puestos de descenso. Llega ahora en liga un partido crucial contra el Oviedo. Es cierto que los resultados fuera de casa tienen un condicionante: has jugado contra los seis primeros clasificados lejos de El Sadar. La segunda vuelta debería dar pie a poder lograr más puntos fuera, pero claro, el feudo rojillo va a ver pasar a los Barça, Madrid, Villarreal, Atlético, Betis y Espanyol, y eso hará que sea complicado sumar en casa. La segundas partes no terminan de ser buenas. Varios días que el equipo iba ganando al descanso y termina perdiendo puntos, y otros en los que el equipo busca igualar o remontar, pero el juego no termina de ser fluido. Seguramente el partido contra el Mallorca sea uno de esos encuentros que han sido una excepción y que puedan marcar la pauta, pero días como el Celta, Elche, Real Sociedad o el Villarreal, cada uno con sus matices, marcan también una tendencia. El equipo trabaja cada semana con la máxima ilusión y es evidente que no hay un problema físico o de falta de trabajo. Pero la afición de Osasuna se puede preguntar: ¿y si el balance entre volumen e intensidad fuese uno de los problemas? Cada posición del fútbol tiene unas exigencias de repetición de esfuerzos al máximo y cada futbolista tiene una capacidad limitada y diferente de poder hacer jugadas a la máxima intensidad. Torró y Rosier, por poner dos ejemplos, necesitan poder hacer esfuerzos diferentes, tanto en la intensidad de la jugada, la duración y el número de repeticiones. Es decir, volumen (repeticiones) e intensidad (esfuerzo máximo, medio o bajo). Cuando un jugador puede realizar una serie de esfuerzos a máxima exigencia por cada partido. ¿Qué pasa cuando tiene que hacer más de lo que su cuerpo le permite? Varias cosas: corre riesgo de lesión, puede perder intensidad o que para poder hacer más repeticiones, guarde algo de energía en alguno de los esfuerzos. Una bajada de intensidad que puede ser involuntaria, pero que busca una solución al problema de la repetición de esfuerzos. Podemos pensar en jugadores ofensivos que por veteranía o por llevar pocos partidos en Primera División no puedan repetir un volumen de presiones y de desmarques que el juego del equipo le exige. O en jugadores defensivos que a la hora de recuperar la posición o dar un apoyo en la salida de balón tienen que guardar un poco de energía para volver a cargar el depósito antes de repetir el siguiente esfuerzo. En la otra cara de la moneda pueden estar esos jugadores que salen de refresco, con el tanque lleno, pero que la falta de minutos no les permita llenar el depósito de ese ritmo que te da la competición. Es decir, su volumen es tan escaso, que no cogen ese ritmo de competir y, por lo tanto, no logran alcanzar su máxima intensidad. No se pueden hacer todas las jugadas a la máxima intensidad. El fútbol profesional no es un videojuego en el que le das al botón de correr más y funciona. Un jugador, por poner un ejemplo, puede hacer un partido ocho jugadas a la máxima intensidad. Cuando lleva seis puede optar por pedir el cambio y hacer esas dos que le quedan, o bajar un poco ese máximo y así poder llegar a alcanzar, por decir una cifra, diez repeticiones. En el fútbol moderno, la preparación física es un pilar tan importante como la táctica o la técnica. Detrás del rendimiento de un equipo durante la temporada hay una planificación minuciosa en la que dos conceptos resultan fundamentales: el volumen y la intensidad del entrenamiento y de la competición. Comprender cómo se relacionan ayuda a explicar por qué un equipo llega fuerte al final de los partidos… o por qué aparecen lesiones y bajones de forma. Cuando hablamos de volumen en fútbol nos referimos, de forma sencilla, al número de repeticiones. Es decir, el número de esprines, los metros en los que se recorre en cada uno... Si hablamos de entrenamientos, el volumen es la base del trabajo físico, especialmente en pretemporada, donde se busca que el jugador construya una resistencia general que le permita soportar el ritmo de la competición. La intensidad, en cambio, tiene que ver con el ritmo con el que se ejecutan las acciones. No es lo mismo un ejercicio a ritmo suave que una tarea con alta velocidad, cambios de dirección, duelos o acciones explosivas. En fútbol, la intensidad está muy ligada a situaciones reales de juego: sprints, presiones, transiciones rápidas o esfuerzos máximos repetidos. Es la variable que más se parece a lo que ocurre el día del partido. La clave está en que volumen e intensidad no pueden crecer al mismo tiempo de manera constante. Si se entrena mucho, la intensidad debe controlarse; si se aprieta en intensidad, el volumen tiene que reducirse. Por eso, en pretemporada suele predominar un volumen alto con intensidades progresivas, mientras que durante la competición los entrenamientos son más cortos, pero mucho más exigentes y específicos. Uno de los errores más habituales en el fútbol aficionado e incluso semiprofesional es querer entrenar “como los profesionales” sin respetar esta relación. Acumular sesiones muy intensas sin una base suficiente de volumen suele derivar en sobrecargas musculares, fatiga persistente y lesiones, especialmente en isquiotibiales, gemelos o aductores. El cuerpo del futbolista necesita tiempo para adaptarse. En el fútbol actual, el control de estas cargas se apoya en la tecnología. El uso de GPS, el seguimiento de los minutos de alta velocidad o la percepción del esfuerzo del jugador permiten ajustar mejor el equilibrio entre volumen e intensidad. Sin embargo, más allá de los datos, sigue siendo fundamental escuchar al futbolista y adaptar el trabajo a su edad, posición y momento de forma. A lo largo de la temporada, esta relación va cambiando. No es lo mismo preparar una semana con partido único que una con doble competición, ni gestionar a un jugador titular que a uno con menos minutos. El objetivo del preparador físico es que el jugador llegue fresco al fin de semana, pero sin perder el nivel físico que exige el juego. En definitiva, en fútbol no se trata de entrenar más ni de entrenar más duro, sino de entrenar mejor. El equilibrio entre volumen e intensidad es el que permite sostener el rendimiento durante meses, reducir el riesgo de lesión y rendir cuando realmente importa: sobre el césped y durante los 90 minutos.