El cordero ha vuelto a ser uno de los protagonistas en las mesas durante estas pasadas Navidades, pero su consumo ha estado marcado por una notable subida de precios. Lejos de deberse a un simple aumento de la demanda estacional, la razón principal es una drástica reducción de la oferta. Felipe Molina, presidente de la Asociación Nacional de Ganaderos y Ganaderas en Extensivo (ANGGEX), explica que la situación responde a una campaña muy complicada. "El aumento de precio se debe a que hay menos cordero esta campaña", señala, apuntando a la enfermedad de la lengua azul como la principal responsable de haber mermado las cabañas y provocado un encarecimiento de entre un 15 y un 20 % respecto al año anterior. La lengua azul, una enfermedad vírica transmitida por mosquitos, ha golpeado con una virulencia inesperada este año. A diferencia de otras campañas, donde solía aparecer en otoño, "este año ha aparecido en julio", afectando a explotaciones de Córdoba, Sevilla y otras zonas de Andalucía. Según Molina, el impacto ha sido devastador, con una reducción de la producción de cordero que alcanza "casi en un 50 % de media". Este descenso tan acusado es lo que ha tensionado el mercado y disparado los precios. La enfermedad no ha provocado una gran mortalidad directa, pero sí fiebres altas en los animales en pleno verano. Esto, explica el presidente de ANGGEX, deriva en otros problemas que afectan directamente a la producción: las ovejas "pierden el celo", se producen abortos o, simplemente, los partos no llegan a término. "Los ganaderos lo pasaron muy mal, ha habido muchas ovejas vacías y abortos", lamenta Molina, describiendo un panorama que ha dejado la oferta bajo mínimos para la época de mayor consumo del año. A la virulencia de la enfermedad se suma la complejidad de su gestión. No existe un único virus, sino múltiples serotipos. "Jugamos con muchos serotipos. Con el serotipo 1 y 4, que ya lo conocíamos; el 3, que lo tuvimos el año pasado, pero también se ha presentado el 8", detalla Molina. Esta diversidad complica la prevención, ya que la vacuna para un serotipo no protege frente a otro. "La incertidumbre que tenemos es que no sabemos cuál te va a entrar este año", añade, poniendo como ejemplo el serotipo 12 que entró por Cataluña. Esta situación genera un sobrecoste importante para los ganaderos. Aunque la Junta de Andalucía ha facilitado dosis para los serotipos 1 y 4, las vacunas para el 3 y el 8 han tenido que ser costeadas por los propios productores. Cada dosis, indica Molina, puede suponer unos 3 euros por animal, una cifra que se multiplica en rebaños grandes. Por ello, desde el sector reclaman al Ministerio que la vacunación vuelva a ser obligatoria y gratuita, como antaño, para garantizar que todos los animales estén protegidos y evitar que algunas explotaciones se conviertan en un "reservorio de la enfermedad". Más allá del problema coyuntural de la lengua azul, el sector ovino atraviesa una profunda crisis estructural. Felipe Molina recuerda que en los últimos siete u ocho años "hemos perdido mucho censo" por "falta de relevo generacional" y la escasa "viabilidad de las explotaciones". Las cifras son alarmantes: la cabaña ganadera de ovejas en España se ha reducido casi un 30 % en los últimos seis años y un 50 % en las últimas dos décadas. Este abandono progresivo de la actividad es la causa de fondo que explica por qué cada vez hay menos corderos disponibles. La ganadería extensiva, como subraya Molina, opera con una lógica completamente distinta a la intensiva. "Producimos carne por hectárea, y la ganadería intensiva produce carne por metro cuadrado". Este modelo, basado en el pastoreo en grandes terrenos, ofrece unos servicios ecosistémicos a la sociedad que, según él, no se conocen lo suficiente: desde la prevención de incendios hasta la fijación de carbono en el suelo, la conservación de la biodiversidad y la recarga de acuíferos. Socialmente, este modelo también es clave para combatir la despoblación rural. "La ganadería extensiva necesita que haya un ganadero permanentemente todos los días en el campo", argumenta. A diferencia de un agricultor que puede vivir en una ciudad y desplazarse, el ganadero "se queda a vivir en la zona, y eso arrastra a su familia", manteniendo vivos los pueblos. Pese a la calidad del producto, España sigue siendo un país con un bajo consumo de cordero, con una media de apenas 800 gramos por habitante y año. Molina lo atribuye a los nuevos estilos de vida. "Tenemos un tipo de carne que necesita un tiempo para hacerse", y la gente busca opciones más rápidas. Iniciativas como el ‘Paquito de cordero’, un bocadillo promocionado por el sector, demuestran que el producto gusta, pero su consumo sigue relegado a fechas festivas como la Navidad. Esta falta de demanda interna obliga al sector a depender de las exportaciones, una "arma de doble filo". Mientras que la venta a países europeos como Francia o Alemania se realiza con el animal sacrificado, manteniendo el valor añadido en España, gran parte de la producción se exporta en vivo a países de fuera de la UE. Este modelo, advierte Molina, es muy arriesgado: "Estamos siempre en vilo de que haya una guerra, haya cualquier cosa, y no puedas transportar animales". Finalmente, Molina reflexiona sobre la viabilidad del sector. Asegura que, para que una explotación sea rentable, un cordero debería costar "entre 250 y 300 euros". Sin embargo, es consciente de la paradoja: "Tenemos una población que tiene unos sueldos no altos, y no pueden mantenerse con la mitad de sueldo comprar un cordero". Por ello, lanza un mensaje al consumidor: que entienda que detrás de ese producto hay un modelo con enormes beneficios medioambientales y sociales que, en sus palabras, "estamos regalando".