Una pulsera de diamentes, un cuadro con dinero en su interior o un confesionario... son muchos los objetos que nuestros Fósforos se han encontrado en la calle y les han vuelto a dar uso. Antonio Agredano le pone voz y letra. En Málaga viví en un estudio, de esos que no tienen habitaciones, con un sofá cama incomodísimo, con una mesita como de pinypón. Pitus, que era mi chuchillo, y yo, vivíamos allí bien. Parábamos poco en casa. Málaga es una ciudad de puertas hacia afuera. Donde el sol invita a no recogerse. A volar de terraza en terraza y de playa en playa sin pensar en los metros cuadrados de mi boquete, como llamaban mis amigos de allí a mi piso. Una noche, volviendo de una divertida marcha de esas que empezaban en el Muro, pasaban por el ZZ Pub y acababan en el Onda Pasadena, me encontré un escritorio abandonado en el contenedor al lado de mi portal. Color pino. Recogidito. Coqueto. Prácticamente nuevo. Hice un cálculo mental. Había un huequito en el estudio, al lado de la cama. Y me vendría genial para dejar de teclear medio encorvado en la mesita baja que me servía para todo. Así que lo cargué como pude, desconchando alguna pared de camino, y como vivía en un bajo, pude meterlo yo solo dentro. Aún no sé muy bien cómo tras ocho o diez cervezas esa noche. Encajaba como un guante. Lo limpié con entusiasmo. Se me pasó la papa con tanta actividad. Y al día siguiente compré una silla en una de esas tiendas de segunda mano que gestionan con diligencia y amabilidad ex adictos. Por fin. Ya tenía mi sitio para trabajar. Eso fue un fin de semana. Pues, y juro que es cierto, el lunes me llamaron para ofrecerme escribir columnas de opinión en un diario digital de Córdoba, del que yo era lector. De aquel comienzo, titubeante, a este texto. Sin aquel primer paso, jamás me hubiera tomado en serio mi propia escritura. Aquella oportunidad me abrió las puertas de lo que soy. Y como soy supersticioso, como creo que algo late debajo de nosotros, algo invisible y desconcertante, que no todo se toca o se ve, que hay cosas que sólo se sienten, que navegan de corazón en corazón y de ánimo en ánimo, pues pienso que aquel escritorio tuvo algo que ver. Como la lámpara del genio. Como en un cruce de caminos. Como la herradura que por primera vez dio suerte a un pastor. El mundo es una construcción de niebla. Una arquitectura indescifrable. Aquella noche empezó algo que aún no ha terminado. Echo de menos aquella ciudad. Hay palabras como semillas, que bajo la tierra se abren camino con ternura y convicción.