El invento fue celebrado en la prensa de la época como un aldabonazo para «las industrias españolas». La máquina de escribir era a principios del siglo XX un ingenio casi revolucionario. Y el joven pintor alicantino Abelardo Toledo Carchano tenía la patente desde julio de 1912. En la memoria de la patente, describía al milímetro cada engranaje de su «máquina de escribir plenamente visible sistema Toledo». Todos los avances ya estaban incorporados. La máquina era plenamente moderna. Además, su inventor se asoció con Felipe Ferrer, que aportaba el dinero, para poner en marcha en la calle Guillem de Castro de Valencia la factoría en la que se fabricarían cientos de máquinas. En los troqueles y tornos, llegaron a trabajar unos 30 empleados.