Hace 66 millones de años, un asteroide de 11 km borró del mapa a los dinosaurios , señores absolutos de la Tierra durante más de 160 millones de años. Fue, desde luego, un apocalipsis de fuego y oscuridad. Pero al mismo tiempo, si esa catástrofe no se hubiera producido, nosotros, los mamíferos, que por aquel entonces no éramos más que pequeñas criaturas asustadizas y subterráneas, jamás habríamos tenido la oportunidad de crecer, de diversificarnos y, eventualmente, de desarrollar la inteligencia que permite que hoy podamos escribir (y leer) estas líneas. Los nichos ecológicos estaban ocupados; hizo falta que se vaciaran para que nosotros pudiéramos llenarlos. No fue la única vez que sucedió algo parecido, aunque sí la última. En cierto modo, la historia de la vida en la Tierra no es más que una larga sucesión de finales abruptos y dolorosos. La muerte, a escala planetaria, es una constante, pero también un 'reseteo', un reinicio forzoso que el sistema parece necesitar para probar cosas nuevas. Ahora, un equipo de investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa, en Japón, acaba de desvelar otro de estos episodios. Uno que sucedió hace 445 millones de años, mucho antes del fin de los dinosaurios, y que cambió para siempre la vida en los mares, que por aquél entonces eran los únicos lugares habitados del planeta. Los océanos, literalmente, murieron, pero de sus cenizas surgieron las criaturas que aún hoy dominan, dominamos, la Tierra: los vertebrados con mandíbulas. El trabajo acaba de publicarse en ' Science Advances '. Durante el período Ordovícico, hace entre 486 y 443 millones de años, la Tierra era un mundo 'alienígena' comparado con el de hoy. Por aquel entonces, el hemisferio sur estaba dominado por un supercontinente gigantesco llamado Gondwana, rodeado de vastos mares cálidos y poco profundos. No había hielo en los polos, por lo que el mar, mucho más alto que ahora, inundaba sin problema las vastas plataformas continentales. El clima era como el de un invernadero tropical y fomentaba una explosión de vida submarina extraña y hoy inexistente. En tierra firme apenas había nada, salvo quizás algunas plantas muy simples, y puede que los primeros artrópodos que se aventuraban a salir del mar y deambular por las orillas. Bajo el agua, sin embargo, la fiesta evolutiva estaba en su apogeo. Bosques de esponjas marinas gigantescas cubrían el fondo, y entre ellas nadaban los conodontos (criaturas de ojos grandes, parecidas a lampreas). El suelo marino era una alfombra de trilobites y moluscos con caparazón. Y patrullando aquellas aguas, los 'monstruos' de la época: escorpiones marinos del tamaño de un ser humano y nautiloideos con conchas cónicas de hasta cinco metros de largo. Entre ellos, sin embargo, nadaba una serie de 'actores secundarios', casi irrelevantes: los ancestros de los gnatóstomos, o vertebrados con mandíbulas. Eran raros, escasos y vivían a la sombra de los invertebrados dominantes. Sin un cambio drástico, probablemente habrían seguido siendo una nota a pie de página en la historia de la evolución. Pero el cambio llegó, y fue brutal. Se le conoce como la Extinción Masiva del Ordovícico Tardío y aunque no sabemos con certeza qué la detonó, el registro fósil es claro: fue un desastre en dos actos que aniquiló al 85% de todas las especies marinas de la época. El primer acto fue el frío. En un parpadeo geológico, el clima cálido colapsó. Glaciares masivos cubrieron Gondwana, secuestrando el agua del mar en forma de hielo. Los mares poco profundos, el hogar de la mayoría de la vida, se secaron y desaparecieron. Algunos millones de años después, cuando la vida ya intentaba recuperarse, llegó el segundo acto. El clima dio un vuelco repentino, de nuevo, hacia el calor. Los casquetes polares se derritieron, inundando los océanos con agua cálida, pobre en oxígeno y rica en azufre tóxico. Fue el golpe de gracia para las criaturas que habían logrado adaptarse al frío. «Aunque no conocemos las causas últimas de la extinción -afirma Lauren Sallan, coautora del estudio- sabemos que hubo un antes y un después muy claros». Es este punto fue donde los investigadores se toparon con algo inesperado. Y es que, en lugar de una aniquilación total, el caos creó lo que los biólogos llaman 'refugios'. Una especie de 'islas de vida', aisladas en medio de un océano hostil o separadas por barreras de aguas profundas imposibles de cruzar. En estos aislamientos forzosos, los supervivientes quedaron confinados. Y fue precisamente ahí, en esos 'laboratorios evolutivos' cerrados, donde los vertebrados con mandíbulas encontraron su ventaja. Bajo la dirección de Wahei Hagiwara, los investigadores recopilaron y analizaron una base de datos masiva de fósiles que abarca 200 años de estudios paleontológicos. Y hallaron que durante la extinción, mientras otros grupos desaparecían, la diversidad de los vertebrados con mandíbulas en estos refugios empezaba a aumentar. «Hemos demostrado -señala Sallan- que los peces con mandíbulas solo pudieron volverse dominantes porque ocurrió este evento». Un evento en el que la geografía jugó un papel crucial. Al rastrear los fósiles, en efecto, Hagiwara y Sallan descubrieron lugares clave, como lo que hoy es el sur de China, que sirvieron de 'cuna' para estos animales. Allí, los primeros peces con mandíbulas, parientes lejanos de los tiburones modernos, prosperaron en aislamiento durante millones de años antes de lanzarse a reconquistar el mundo. ¿Por qué es tan importante la aparición de la mandíbula? La razón es que no se trata simplemente de una mejora estética, sino de la mayor revolución tecnológica en la historia de los vertebrados. Antes de ella, nuestros ancestros eran poco más que 'aspiradoras biológicas', limitados a filtrar agua, remover el lodo o succionar presas blandas. Pero la mandíbula rompió esas cadenas: permitió morder, sujetar, triturar caparazones duros y defenderse. Fue la llave maestra que transformó a unas criaturas pasivas en depredadores activos y eficientes, capaces de obtener la energía masiva necesaria para crecer, nadar más rápido y, a la larga, conquistar el mundo. El nuevo estudio también arroja luz sobre una vieja pregunta de la Biología: ¿Evolucionaron las mandíbulas para crear un nuevo nicho ecológico, o nuestros antepasados ocuparon primero un espacio vacío y luego desarrollaron las herramientas para explotarlo? «Nuestro estudio -aclara Sallan- apunta a lo segundo». Según el artículo, en efecto, al estar confinados en áreas geográficas pequeñas, los peces con mandíbulas se encontraron con un ecosistema lleno de 'vacantes'. Los grandes competidores (los escorpiones marinos, los conodontos sin mandíbulas) habían muerto o estaban en declive. Había comida y espacio, pero faltaba quien los aprovechara. Se trata de un caso prácticamente idéntico al de los famosos pinzones de Darwin en las islas Galápagos. Al llegar a las islas y encontrarse aislados y con diferentes fuentes de alimento, los pinzones diversificaron la forma de sus picos para adaptarse. De igual manera, nuestros ancestros acuáticos diversificaron sus cuerpos y sus mandíbulas para llenar los huecos dejados por los desaparecidos. La extinción del Ordovícico, pues, no fue un 'borrón y cuenta nueva' como sucedió en otras catástrofes globales, sino un reinicio ecológico. Es decir, la estructura del ecosistema se mantuvo, pero los actores cambiaron. Los vertebrados con mandíbulas asumieron los papeles que antes tenían los conodontos y los artrópodos. De hecho, durante unos 40 millones de años más, los peces sin mandíbulas siguieron nadando en los océanos abiertos, aunque su tiempo se acababa sin remedio. En los refugios, sin embargo, la revolución de las mandíbulas ya estaba en marcha, preparando a las especies que, eventualmente, saldrían de su escondite para heredar la Tierra. Como explica Hagiwara, la tendencia es clara: «Los pulsos de extinción masiva condujeron directamente a una mayor especiación después de varios millones de años«. Hoy, cuando miramos al mar, o cuando nos miramos al espejo y abrimos la boca, lo que vemos es el legado de aquellos supervivientes. Somos hijos de una catástrofe climática ocurrida hace 445 millones de años. La 'muerte' de los océanos no fue el fin; fue simplemente el doloroso prólogo de nuestra propia historia.