El ateísmo dejó de ser una gesta heroica para convertirse en un bostezo de oficina. Hubo una época en la que no creer requería una voluntad de hierro y una lectura concienzuda de Nietzsche; hoy, sin embargo, la increencia es más bien una inercia, un quedarse a verlas venir. Pero el hombre, que es un animal con una sed que no se apaga en el grifo de la técnica, está volviendo a mirar hacia arriba, aunque lo haga con el pudor de quien entra en una iglesia antigua para resguardarse de la lluvia. Lo vemos en el pop, ese termómetro de nuestras carencias. Que Rosalía titule su disco Lux y busque el destello de lo sagrado entre ritmos urbanos puede que solo sea estrategia de marketing o, tal vez, la rendición de quien sabe que el brillo del éxito no alumbra las zonas oscuras del alma. Peor suerte corre esa confesión de La Oreja de Van Gogh al cantar que creen en Dios «a su manera». Esa «fe a la carta» suena a la última frontera de nuestra soberbia: queremos un cielo, pero sin planos; un consuelo, pero sin compromiso. Es la religión del selfie: Dios como un espejo donde solo vemos a nuestro «yo». Quizá este misticismo de supermercado no sea motivo de celebración. Lo que asoma en el horizonte no es una sociedad más libre ni un renacimiento espiritual, sino una intemperie compartida. Al menos estamos descubriendo juntos, como sociedad, que somos algo más que un cuerpo y que hemos decidido caminar como si estuviésemos huérfanos. Reconocer esta orfandad es el primer acto de honestidad en mucho tiempo ; es el balbuceo del hijo pródigo que, tras malgastar su herencia en el vacío del materialismo, empieza a sentir el hambre del espíritu y busca el camino de regreso. Estamos ante una religiosidad que no salva, porque no escucha más voz que la propia, pero que admite que el banquete del mundo no le basta. La verdad siempre tiene la mala costumbre de ser absoluta. Y nosotros, la bendita condena de no poder dejar de buscarla.