La historia secreta de Barcelona sale a la luz: la gran conspiración contra Napoleón que acabó en traición y sangre

La Barcelona ocupada por las tropas de Napoleón, entre 1808 y 1814, fue un escenario de resistencia mucho más activo y organizado de lo que la historia popular recuerda. Bajo una aparente calma, se tejieron complejas conspiraciones civiles que buscaron sacudirse el yugo francés. El historiador Óscar Uceda, miembro de la Associació d'Historiadors Antoni Capmany, ha desgranado uno de los episodios más fascinantes y trágicos de aquel periodo: un levantamiento a gran escala que, como él mismo afirma, "a diferencia de un cuento, es una realidad" que supera la ficción. En 1809, en un momento en que la situación militar era favorable para las fuerzas españolas tras las victorias en las batallas del Bruc y de Bailén, los franceses se encontraban prácticamente acorralados en Barcelona y Figueres. En este contexto, se gestó desde dentro de la capital catalana un ambicioso plan para recuperarla. Conocida como la conspiración del día de la Ascensión, pretendía coordinar un alzamiento popular con la entrada del ejército español que aguardaba fuera de las murallas. El plan era complejo e implicaba a una enorme parte de la sociedad barcelonesa. "Se dice que hasta 6.000 personas estaban implicadas en el levantamiento", señala Uceda. La operación incluía la entrada de armas en la ciudad y el soborno de oficiales italianos al servicio del ejército francés para controlar puntos estratégicos y abrir las puertas de la muralla. La señal para el inicio de la revuelta sería un repique coordinado de campanas, momento en el que los ciudadanos debían lanzarse a la lucha. Sin embargo, la audaz conspiración se desmoronó antes de empezar. "Alguien se fue de la boca", explica el historiador para ilustrar cómo una indiscreción, un fallo muy habitual en las conspiraciones populares, alertó a las autoridades francesas. Este hecho, sumado a un revés en la situación militar en el exterior que impidió el apoyo del ejército español, sentenció el fracaso del plan y puso en marcha la maquinaria represiva de los ocupantes. Los franceses no tardaron en reaccionar. Según Uceda, durante la ocupación se organizó en Cataluña "la primera policía moderna", un cuerpo represivo muy eficaz. Al frente de la investigación se situó el comisario Joubert de Brivasac, quien empleó métodos sofisticados, como el uso de dobles espías, para desarticular la trama desde dentro. Un soldado que fingió pasarse al bando de los conspiradores fue clave para conocer todos los detalles del plan. Las pesquisas policiales condujeron a los franceses hasta un hombre llamado Josep Baijes, residente en La Barceloneta. Tras someter a interrogatorio a una mujer de su entorno, registraron su vivienda y encontraron, oculto en el sótano, una caja con toda la documentación de la trama. Este hallazgo fue el golpe de gracia para la conspiración, ya que permitió a las autoridades identificar y detener a todos sus cabecillas. Los líderes de la revuelta, entre los que se encontraban los religiosos Joaquim Pou y Joan Gallifa y los civiles Ramon Masana, Josep Navarro y Salvador Aulet, fueron arrestados. Se les sometió a un juicio sumarísimo ante un tribunal militar francés que el historiador califica de "totalmente paripé". El 3 de junio de 1809, fueron condenados y ejecutados, un martirio que hoy conmemora un monumento situado en la plaza de la Catedral de Barcelona. El día de la ejecución, varios ciudadanos intentaron provocar una revuelta popular tocando a rebato las campanas de la catedral, en un intento desesperado de sometent (llamada a las armas tradicional catalana). Pero la ciudad estaba tan fuertemente militarizada que "nadie acudió a la llamada". Los responsables del toque de campanas se refugiaron en la catedral durante tres días hasta que, según relata Uceda, los franceses les engañaron: "se les prometió perdonarles la vida si se entregaban". Al hacerlo, fueron ejecutados en el acto. La historia de las ejecuciones añade un capítulo aún más oscuro. Uceda cuenta que los verdugos oficiales de Barcelona, los botxins, "se negaron a ejecutar a los sentenciados", en un acto de lealtad a sus conciudadanos. Ante esta insubordinación, las autoridades francesas recurrieron a dos presos comunes, Antonio Sánchez y Antonio Suárez, a quienes ofrecieron la libertad a cambio de que llevaran a cabo las ejecuciones. Una vez cumplido su cometido y ya en libertad, Sánchez y Suárez viajaron a Tarragona. Pero allí les esperaba un destino fatal. "Fueron esperados, capturados y juzgados por el crimen de haber actuado como verdugos", narra el historiador. En un giro final que demuestra la complejidad moral de la guerra, los dos presos que los ejecutaron fueron ajusticiados a su vez en Tarragona. Este no fue el único acto de resistencia. Uceda menciona otra gran trama, la conspiración de los venenos, que pretendía "envenenar con arsénico a toda la guarnición francesa de Barcelona". También destaca otras acciones como la Rovirada, para recuperar el castillo de Figueres, o la estratagema de Van Halen para liberar Lleida, episodios que demuestran que, a falta de medios, "se tiró de imaginación para echarlos fuera". Estas historias, que según Uceda "son de película", están documentadas en libros de la época. Por un lado, el religioso Raimundo Ferrer escribió `Barcelona cautiva`, donde narra la resistencia desde la perspectiva catalana. Por otro, el propio comisario francés de Brivasac publicó la `Historia de las conspiraciones tramadas en Cataluña`, su versión policial de los hechos. Ambos textos rescatan del olvido un capítulo vibrante de la historia de la ciudad.