En la disputa por el poder en el Perú, quien va primero en la carrera electoral no quiere a un segundo, quien ejerce la presidencia no quiere a un vicepresidente y quien gobierna no quiere a un opositor, porque el hechizo de la intolerancia subyace en el sistema político. Esto lleva a garrafales equivocaciones y contradicciones que en un clima de polarización política continua se trasladan luego al Ejecutivo y al Congreso, haciendo intransitable el debate y entendimiento básicos entre mayorías y minorías y finalmente ingobernable el país, como lo hemos visto en los últimos diez años con la sucesión de siete presidencias.