Rescatar a niños de la calle, cuidar de su nutrición y su salud, darles una educación... son algunos de los proyectos que gracias a la Infancia Misionera se pueden llevar a cabo en países del tercer mundo donde están presentes los misioneros. Países como Angola, donde durante 5 años ha estado el sacerdote pasionista y misionero Javier Chamero, cuyo testimonio es la demostración palpable de que lo recaudado este domingo, Jornada de la Infancia Misionera, sirve para crear un mundo mejor. Con una aportación de alrededor de 20.000 euros de la Delegación de Misiones de la Diócesis de Ciudad Real, se han puesto en marcha en el país africano iniciativas para combatir el abandono infantil, la desnutrición y la ausencia de educación. Uno de los primeros proyectos, iniciado en 2021 en Huambo, se desarrolló junto a las religiosas de El Salvador del Mundo. La iniciativa, ha explicado Chamero, se centró en acoger a bebés recién nacidos abandonados en contenedores o a las puertas del centro, destinando 8.500 euros a su alimentación, salud y educación. En el mismo lugar, un proyecto con niños de la calle que ha trabajado para prevenir su caída en la delincuencia. A través de la música, enseñando a tocar instrumentos como guitarra, piano o percusión, y fomentando la integración con otros adolescentes, se ha conseguido crear un entorno seguro para ellos, con una ayuda de 4.500 euros. Ante la alarmante cifra de que el 55% de los niños en Angola no va a la escuela, otra de las misiones se ha enfocado en la educación. En una de las zonas de la periferia de Luanda, se ha logrado escolarizar a 650 niños, proporcionándoles material escolar, mochilas y uniformes gracias a una partida de 3.500 euros y estableciendo un seguimiento continuo con ellos y sus familias, ha explicado el misionero. Paralelamente, se ha sostenido un comedor para niños desnutridos que atiende a cerca de 3.500 menores. Este programa no solo busca garantizar la seguridad alimentaria y la salud, sino que también implica a las instituciones públicas locales como una forma de “denuncia frente a las injusticias”. La filosofía de la misión se basa en la creencia en la “fuerza transformadora del evangelio”, que necesita acciones concretas para hacerse realidad. El objetivo último es que los menores “tengan una vida digna” y puedan “desarrollarse con dignidad”, pues, tal como se afirma desde la misión, en las sociedades pobres, así como en las desarrolladas, “quien sufre son los niños y los ancianos”. Los misioneros se definen como meros instrumentos y rechazan el paternalismo. “No nos sentimos salvadores del mundo ni mesías del mundo”, asegura Chamero, mientras critica el “asistencialismo sofisticado” de algunas organizaciones, cuyos proyectos a menudo terminan cuando se marchan. Por ello, su modelo de trabajo se centra en “provocar el desarrollo comunitario”, un proceso que, aunque “es muy lento y más difícil, pero es seguro”. La clave, explican, es involucrar a toda la comunidad y a las instituciones para que las iniciativas perduren de forma autónoma en el futuro. Tras cinco años de trabajo en Angola, la labor de este sacerdote pasionista continúa ahora en Perú. Una misión se centrará en la región amazónica, con un foco especial en la educación y la sanidad, principalmente a través de becas para niñas y adolescentes y atención sanitaria para mujeres, sin abandonar la labor evangelizadora.