Es bien conocida la expresión del papa Francisco de que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época, empleado por primera vez en realidad en el Documento de Aparecida de 2007. Por eso, se agradece que un libro nos lo recuerde. Se trata de 'De la Cristiandad a la misión apostólica. Estrategias pastorales para una nueva era' (Ed. Rialp), un texto elaborado por la University of Mary en Bismarck, Dakota del Norte y que viene precedido por un prólogo de monseñor James P. Shea, presidente de dicha universidad. Con todo, en este libro adquiere una importancia singular la introducción a la edición española redactado por don Fulgencio Espa, un párroco madrileño y doctor en teología por la universidad de san Dámaso. Este sacerdote ha captado con acierto la esencia de una obra que pone al lector ante un principio de realidad: la desaparición de una vieja sociedad que llegó a ser cristiana y el hecho de ser creyentes en una sociedad poscristiana. Subraya que somos cristianos que viven en una época pagana. No sirven, por tanto, las dos fórmulas con las que algunos creyentes han reaccionado a esta situación: la adaptabilidad al mundo a costa de la propia identidad, que no ha detenido el proceso de secularización, y la recuperación de la vieja narrativa de la “cristiandad” de la mano de las estadísticas y los actos de masas. Por mi parte, me atrevería a añadir que esas dos actitudes, pese a sus buenas intenciones, se quedan en lo externo. Acaso son ejemplos de activismo en una época en la que al cristiano se le está pidiendo paciencia, que en la concepción cristiana de la vida no es ni mucho menos un sinónimo de pasividad. Por su parte, monseñor Shea, en su prólogo, recuerda que el venerable Fulton J.Sheen anunciaba en 1974 el fin de la Cristiandad, lo que no equivalía ni al fin del cristianismo ni al de la Iglesia. Lo decía alguien que en la década de 1950 había sido una estrella mediática de la televisión norteamericana. Sin embargo, hay quien se ha acostumbrado a la mentalidad de la Cristiandad y no es consciente del cambio de época que estamos viviendo. La herencia se ha perdido progresivamente en muy poco tiempo, por lo general en el intervalo de una única generación, y en el libro se ponen los ejemplos, que no son los únicos, de Quebec, España, Bélgica o Irlanda. También se hace una advertencia contra una visión de Estados Unidos en la que se mezclan religiosidad y patriotismo, que poco tiene que ver con la fe cristiana. Por lo demás, se subraya no dejarse llevar por la tiranía de las estadísticas, pues son preferibles 10 auténticos seguidores de Cristo a 1000 cristianos de fe tibia o inexistente. No hay que rechazar los análisis sociales, pero a la vez hay que dejar obrar al Espíritu Santo, tal y como ha sucedido en otros momentos de la historia de la Iglesia. Tal es el caso de la Francia del siglo XIX, en la que se registró un renacimiento cristiano, no traducido necesariamente en un Estado confesional, pese a los estragos producidos por el sesgo anticristiano de la Revolución francesa. Los tiempos apostólicos han de plantearse desde otra perspectiva, la de las palabras de Jesús en el evangelio: “El que no está contra vosotros, está a favor vuestro” (Mc 9, 40). Quizá una de las tentaciones más extendidas entre los creyentes, de esas que corroen el alma desde dentro, es ser “presa del cansancio, del cinismo, de la tibieza y de la desesperación”. Sigue vigente hoy en las sociedades occidentales una fe ilimitada en el progreso, alimentada por el auge de la tecnología. Esta fe tiene buenas intenciones, pero la frustración ante sus resultados reales puede desembocar en una actitud descorazonadora y cínica en muchos de los que se consideran progresistas. Pero más allá de las utopías, lo que más daño está haciendo a la sociedad es probablemente es esa visión libertaria de que querer hacer cada uno lo que desee en cualquier momento. Es la visión de una persona que se proclama tan extremadamente autónoma que al final se transforma en rebelde sin causa. Los tiempos apostólicos suponen la necesidad de abrazar el tiempo que se nos ha dado y ser conscientes de que el Espíritu Santo es capaz de colarse en cualquier época, incluida la nuestra.