'Gente que conocemos en vacaciones': por qué esta película de Netflix está arrasando

Acaba de llegar a Netflix 'Gente que conocemos en vacaciones' , una de esas películas que no necesitan demasiada presentación porque, cuando aparecen en el catálogo ya vienen con una comunidad previa detrás. Basta con entrar en redes sociales para comprobarlo: capturas de pantalla, vídeos llorando frente al televisor, hilos explicando por qué «esta historia te va a romper y recomponer a la vez». Netflix la ha estrenado casi sin hacer ruido, pero el ruido ha venido solo. En cuestión de horas, esta producción se colocó entre lo más visto y confirmó algo que la plataforma sabe hacer bien: el romance, cuando se mezcla con planos al más puro estilo Pinterest, un ambiente totalmente 'aesthetic', dos polos opuestos y muchos viajes, sigue siendo una fórmula (casi) infalible. La película es la adaptación de la novela homónima de Emily Henry , una autora que se ha convertido en referencia del romance contemporáneo y que nunca ha escondido de dónde vienen sus influencias. Henry reconoció en numerosas ocasiones que creció devorando comedias románticas clásicas como 'Notting Hill', 'Cómo perder a un chico en diez días', 'Cuando Harry encontró a Sally' o 'Tienes un e-mail'. Historias que podríamos tachar de ingenuas, pero que construyeron toda una educación sentimental basada en encuentros improbables y la sensación constante de que el amor siempre llega cuando menos lo esperas… o justo cuando ya creías que no iba a hacerlo. 'Gente que conocemos en vacaciones' bebe directamente de ese imaginario: el de las tramas «peliculeras» y el de los personajes que parecen escritos para chocar entre sí. La película responde sin complejos a los clichés románticos más reconocibles, esos que también dominan el género literario. Ella y él no podrían ser más distintos: Poppy y Alex son polos opuestos desde el primer minuto. Ella es caótica, impulsiva, emocional; él es ordenado, tranquilo, casi demasiado correcto. No comparten forma de ver la vida, ni planes, ni expectativas, pero sí una tradición que lo cambia todo: cada verano, durante años, se van de vacaciones juntos. La película los va siguiendo precisamente a través de esos veranos, año a año, en una estructura que recuerda inevitablemente a 'Siempre el mismo día' . Cada escapada es distinta, c ada momento refleja una etapa vital diferente y, en algunos de ellos, se intuye un acercamiento que nunca termina de cuajar. El espectador sabe lo que está pasando mucho antes de que ellos mismos se atrevan a admitirlo. Y cuando la historia llega al presente (sin entrar en spoiler), todo parece inevitable. Predecible, sí. Pero también adictivo. Porque en este tipo de relatos, lo importante no es tanto el qué como el cómo. Lo cierto es que el éxito de la película ha sido atroz en redes sociales, y no es casualidad. Ya existía una base sólida de lectoras, porque la mayoría son mujeres, que llevaban meses, incluso años, esperando esta adaptación. Algo muy similar a lo que ocurrió con 'El verano en que me enamoré' y con tantas otras ficciones nacidas en el papel antes de dar el salto a la pantalla. El fenómeno ha sido casi calcado: no habían pasado ni 24 horas desde el estreno cuando cientos de influencers de todo el mundo publicaban vídeos recomendando « por qué no puedes perderte la última película romántica de Netflix ». Algunas explicaban los motivos con calma; otras simplemente se grababan con los ojos llorosos. Hubo incluso quien mostró su cara literalmente arañada por la tensión acumulada hasta el final, confesando que no podía respirar mientras esperaba saber si Poppy y Alex acababan juntos. El algoritmo hizo el resto. La historia es atractiva , sí, pero lo es aún más su fotografía. No hay grandes alardes técnicos, ni planos imposibles, ni una puesta en escena especialmente innovadora. Lo que hay es algo mucho más eficaz: un encadenado casi constante de imágenes que los jóvenes —y no tan jóvenes— definirían como 'aesthetic '. Tonos cálidos, cielos pastel, luz de atardecer, habitaciones desordenadas pero bonitas, playas sin demasiada gente, carreteras infinitas, cafés acogedores y ropa que parece elegida para encajar en un tablero de Pinterest. Todo está pensado para ser capturable, compartible, reconocible. Da igual que no recuerdes una línea de diálogo: recordarás el color del mar, la luz entrando por la ventana o esa sensación de verano eterno que la película intenta sostener incluso cuando los personajes ya no están de vacaciones. Y si los planos al más puro estilo Pinterest ya son una invitación visual, otro de los grandes atractivos es su espíritu de viaje: Poppy y Alex parecen tener el pasaporte siempre listo mientras recorren desde el encanto mediterráneo de Barcelona y las playas y jardines cinematográficos de la Costa Brava o la Toscana en Italia a Nueva Orleans. Al final, 'Gente que conocemos en vacaciones' es un cúmulo de factores que explican por qué ha despuntado tan rápido y ha crecido como la espuma en cuestión de días. Probablemente no responde a las expectativas de un gran guion ni a la complejidad que, salvando las distancias, podían tener personajes como los de 'Notting Hill' (salvando a Spike). Pero sí intenta buscar esos ecos: en los vaivenes emocionales de ella, en las idas y venidas de él con su novia, en esa sensación constante de «siempre llega tarde» que define tantas historias románticas. En este momento, ser la película más vista no equivale necesariamente a ser la mejor, ni a tener un guion brillante, ni unos buenos diálogos, ni interpretaciones llevadas al límite. En este caso, el éxito no parece venir tanto de la profundidad del texto o de la complejidad de sus personajes como de una decisión muy consciente por parte de Netflix: apostar por un formato reconocible, amable y extremadamente visual. Una historia pensada más para ser compartida que analizada. Porque al final a la plataforma no siempre le importa construir la mejor película romántica posible, sino la más consumible. Y en eso, 'Gente que conocemos en vacaciones' cumple a la perfección : en Netflix, un buen plano 'instagrameable' puede pesar mucho más que una gran historia. Pero funciona. Y vaya si funciona. Porque el amor, al final, también entra por los ojos. Y si es al más puro estilo Pinterest, todavía mejor.