A mi modo de ver, en el caos que habitamos el adjetivo «previsible» cada vez tiene menos sentido. Es cierto que el agua seguirá hirviendo a 100 grados a nivel del mar, los metales se dilatarán al contacto con el calor, y se podrán anticipar los eclipses gracias a la mecánica celeste. Ahora bien, si abandonamos escenarios tan rígidos y nos movemos en entornos humanos sujetos a variables, lo más seguro es que acabe sucediendo lo que nadie se esperaba.