La familia no se rompe siempre por grandes tragedias; a veces se deshilacha como una tela vieja, por roce continuo, por falta de cuidado, por la prisa convertida en costumbre. La casa -que fue refugio- se ha vuelto estación de paso: entramos, salimos, cumplimos, y entre un trámite y otro dejamos caer unas palabras rápidas, como monedas menudas, sin el peso de una conversación que permanezca. Vivimos juntos, pero no convivimos; compartimos techo, pero no tiempo.