Antonio Agredano: "Hay muchas cosas que no me gustan en el día a día, pero no soy tan importante como para estar diciéndoselo a todo el mundo"

El marisco siendo gallega, conducir siendo repartidor, o las magdalenas de su suegros... son muchas las cosas que tenemos que hacer sin terminar de gustarnos. Antonio Agredano le pone voz y letra. Los elogios. Siempre los he llevado regular. Son por naturaleza incómodos. Desconfío de las palabras bonitas. De los cumplidos. Hasta la coquetería me eriza la espalda a veces. Tengo algo de gato. Me gusta dormir la siesta al sol y soy arisco cuando me acarician. No me gustan demasiado los vinos tintos concentrados, masculinos, con cuerpo, con años, insultantemente rojos. Pero rara vez desprecio una copa. Soy un bebedor resignado. Puedo con lo que me gusta y con lo que detesto. Prometí beber más blancos este año, pero aún no he empezado a cumplirlo. Soy más simpático cuanto más triste estoy. Más sociable. Más desprendido. Hasta sonriente. No sé si lo hago por protegerme. O por timidez. Contar penas en público siempre me pareció algo desconsiderado. Un poco obsceno. Así que cuando me siento muy abajo, se activa algo en mí, algo circense. Y me convierto en un amable conversador muy interesado en todas las cosas que todo el mundo me quiere contar. Aunque por dentro me habiten fantasmas. El ser humano es un laberinto. Es difícil saber qué suelo estamos pisando. Avanzamos casi a ciegas por una casa que compartimos con los demás. Madurar es adaptarse. No dar algunas batallas. Ahorrar energías. Domesticar la ira. Disimular. Estrechar la mano con fuerza. Cerrar un poco los ojos cuando escuchamos para demostrar que estamos prestando atención. Pero luego la vida va por otro lado. Nos habitan ríos de caudales espléndidos. Ingobernables. Encontramos la felicidad en los lugares más extraños. En la orilla crecen plantas sin nombre. El amor nos reconforta. Y el hogar se convierte en templo. En un templo sencillo donde nos sentimos en paz. Hay muchas cosas que no me gustan en el día a día, pero no soy tan importante como para estar diciéndoselo a todo el mundo todo el tiempo. Así que a veces sólo paso de puntillas por otras existencias. Diciendo hola y adiós con una sonrisa. Porque cada cual lleva su carga y sus esperanzas y sus propias guerras.