La promoción de la quinta temporada de Stranger Things ha llegado al subsuelo de Sevilla. Una alcantarilla tematizada con motivos de la popular serie de Netflix ha aparecido en la ciudad, desatando la curiosidad de los aficionados. La arqueta forma parte de una novedosa campaña de marketing junto a Telefónica que ha repartido un total de 41 por toda España. El objetivo de esta acción conjunta de Netflix y Telefónica es motivar a los seguidores a encontrar las arquetas para poder participar en el sorteo de un viaje a Londres. La iniciativa ha llevado estos particulares portales al 'Mundo al Revés' a ciudades como Barcelona, Valladolid, Logroño, Granada o Madrid, y algunas incluso aparecen ya localizadas en Google Maps. Gracias a un vídeo en TikTok de la usuaria @cristimari21, ya se conoce la ubicación exacta en Sevilla. La alcantarilla se encuentra en el barrio de Los Remedios, concretamente en la esquina de la calle López de Gomara con la rotonda de República Argentina y el Parque de los Príncipes, sobre el carril bici. Su diseño muestra la silueta del Demogorgon y de los protagonistas montando en bicicleta. El vídeo acumula miles de visualizaciones y ha generado un debate en redes. Muchos sevillanos se han acercado a fotografiarla, pero otros dudan de su permanencia. Le hemos preguntado a la IA cómo sería Sevilla en Stranger Things y el resultado es inquietante. Si la grieta se abriera en la capital hispalense, el Mundo del Revés no sería frío ni nevado… sería caliente, húmedo y opresivo, como una noche eterna de agosto que no termina nunca. Seguiría en pie, pero transformada en un tótem orgánico cubierto de enredaderas negras que supuran una savia oscura y densa. Las campanas ya no sonarían para marcar las horas: ahora crujirían, emitiendo un sonido gutural, como si algo gigantesco respirara atrapado dentro de la torre. No fluiría hacia el mar: latiría. Una niebla baja y pesada cubriría la superficie, ocultando formas ciclópeas que se mueven a contracorriente. Los puentes de hierro chirriarían constantemente, tensándose bajo el peso de una presencia invisible que cruza de una orilla a otra. La arquitectura se volvería hostil. Las calles serían más estrechas y las casas se inclinarían hacia el centro, como si estuvieran escuchando tus secretos. De algunas ventanas saldría una luz mortecina, pero no habría nadie dentro. El flamenco no se escucharía: sonaría al revés, convertido en un lamento antiguo y distorsionado que, en lugar de acompañar, parece querer atraerte hacia la oscuridad de los patios.