A cinco metros bajo la nieve antártica, donde el mundo parece detenido y el silencio tiene peso propio, la historia de la Tierra acaba de encontrar refugio. No es una metáfora: son cilindros de hielo extraídos de las cumbres alpinas, frágiles como el recuerdo que contienen, los que hoy reposan en una cueva excavada en el corazón de la meseta antártica. Allí, a -52 grados centígrados, comienza a latir el primer santuario de núcleos de hielo de montaña del planeta. El lugar no aparece en los mapas turísticos ni admite visitantes ocasionales. La estación Concordia es uno de los enclaves más inhóspitos de la Tierra, donde el invierno puede durar nueve meses. Allí, la noche polar lo cubre todo durante semanas y el aire, extremadamente seco, recuerda al de otro planeta. No es casual que este punto remoto haya sido elegido para custodiar los archivos del clima global: cuanto más extremo el entorno, mayor la garantía de conservación. Los científicos lo saben bien. En un mundo donde incluso los congeladores industriales dependen de energía, mantenimiento y estabilidad política, la Antártida ofrece algo único: un frío constante, natural e inalterable. Un aliado silencioso que convierte el continente blanco en la mayor cámara frigorífica del planeta y, ahora también, en su mayor archivo climático. El proyecto Memoria del Hielo se ha puesto en marcha con el objetivo de salvar los archivos naturales del clima antes de que se derritan para siempre. Porque cada glaciar es un libro escrito por la atmósfera, capa a capa, año tras año, durante siglos. Y, por desgracia, muchos de esos libros ya se están derritiendo. Esta travesía empezó lejos del hielo eterno. En octubre, dos núcleos extraídos del Mont Blanc y del Grand Combin —glaciares alpinos hoy amenazados— partieron desde el puerto de Trieste a bordo del rompehielos italiano Laura Bassi. Eran 1,7 toneladas de hielo que atravesaron mares y océanos durante más de cincuenta días, cruzando el Mediterráneo, el Atlántico, el Pacífico y el océano Antártico, siempre custodiados a -20 grados, como si se tratara de una reliquia. El 7 de diciembre llegaron a la estación Mario Zucchelli y desde allí un vuelo especial, sin calefacción en la bodega, los trasladó al interior del continente blanco hasta la estación Concordia, a 3.200 metros de altitud. Un viaje extremo para un destino extremo ya que cada etapa del trayecto implicó riesgos logísticos y decisiones críticas. Mantener la cadena de frío era una obsesión constante, no en vano una variación de apenas unos grados podía alterar la estructura química del hielo y comprometer décadas de investigación futura. Técnicos y científicos acompañaron el cargamento como si se tratara de un órgano destinado a un trasplante, conscientes de que no habría segunda oportunidad. Porque el hielo, aparentemente inerte, es en realidad un material vivo para la ciencia. En su interior se conservan microburbujas de aire que permiten reconstruir la composición exacta de la atmósfera de épocas pasadas. Analizarlas es, en cierto modo, respirar el aire que respiraron nuestros antepasados, cuando las industrias no dominaban el paisaje y el clima seguía otros ritmos. El santuario no tiene muros ni maquinaria. No necesita electricidad ni refrigeración artificial. Es una cueva de hielo de 35 metros de largo, excavada bajo capas compactas de nieve, donde la temperatura permanece estable todo el año gracias al clima antártico. Una infraestructura invisible, de bajo impacto, concebida para durar siglos. La instalación, aprobada por el Sistema del Tratado Antártico, ha sido diseñada para que el hielo permanezca intacto, protegido de fluctuaciones ambientales y contaminaciones. Allí, los núcleos se conservan como una cápsula del tiempo: burbujas de aire antiguo, trazas de contaminantes, polvo volcánico y gases atmosféricos atrapados cuando el mundo era otro. «Confiamos en que las generaciones futuras dispongan de tecnologías que hoy ni siquiera imaginamos», explican los responsables del proyecto. Cuando eso ocurra, el hielo seguirá allí, esperando. La urgencia no es retórica. Desde el año 2000, los glaciares de montaña han perdido hasta el 39 % de su masa en algunas regiones. Con cada metro que desaparece, se esfuman datos irrecuperables sobre el clima del pasado. Y sin pasado, la ciencia camina a ciegas hacia el futuro. La pérdida de un glaciar no es solo una catástrofe paisajística o hidrológica. Es también una amputación de la memoria colectiva del planeta. Cada capa de hielo desaparecida equivale a un capítulo arrancado de la historia climática y nunca podrá volver a escribirse. A diferencia de otros archivos científicos, los glaciares no admiten copias de seguridad una vez que se derriten. Por eso, los investigadores hablan de una carrera contra el tiempo. No se trata de conservar hielo por nostalgia, sino de preservar datos que permitirán mejorar modelos climáticos, anticipar fenómenos extremos y tomar decisiones políticas basadas en evidencias sólidas. Durante décadas, el estudio de núcleos de hielo ha sido clave para comprender el cambio climático y sustentar decisiones políticas, desde informes del IPCC hasta acuerdos internacionales. Pero ahora el tiempo juega en contra. Desde 2015, la Fundación Memoria del Hielo ha coordinado perforaciones en glaciares de todo el mundo, desde los Andes hasta el Ártico, con científicos de más de trece países. La idea es clara: rescatar lo que aún puede salvarse. Los dos núcleos alpinos que hoy reposan en Concordia son apenas el comienzo. En los próximos años, llegarán muestras de los Andes, el Pamir, el Cáucaso o Svalbard. Todas estarán sometidas a un futuro sistema de gobernanza internacional que garantice su acceso como bien común, gestionado con criterios científicos, éticos y equitativos. «Si estos núcleos deben servir a la ciencia dentro de un siglo, no pueden pertenecer a nadie en particular», subrayan los responsables del proyecto. La memoria del clima no entiende de fronteras. «Somos la última generación que puede actuar», insisten, y la frase no es una consigna, sino una constatación. Cada campaña de perforación es una carrera contra el deshielo, una operación de rescate en cámara lenta. Mientras tanto, en el silencio glacial de la Antártida, el pasado del planeta duerme bajo la nieve. No para ser olvidado, sino para que, algún día, alguien pueda despertarlo y entender qué hicimos —y qué dejamos de hacer— cuando aún había tiempo.