Trump tiene claro que la comprensión lectora y la capacidad de atención han disminuido de forma radical, tanto como el descrédito de la clase política en una parte importante de la población. Ya saben, aquello de que «solo el pueblo salva al pueblo» y de que «todos los políticos son iguales» (es decir, algo parecido a alimañas chupasangres y burócratas inútiles que solo trabajan por su supervivencia y que cimentan su poder engañando a la ciudadanía). Trump lee como nadie el panorama y se ofrece como un revulsivo. No hay subterfugios ni diplomacia en sus palabras, tampoco en sus acciones. Lo suyo es el lenguaje llano de la fuerza y los intereses económicos, y se le entiende perfectamente. La intervención militar en Venezuela ha sido diáfana: «Vamos a gobernar el país». «Queremos acceso a todo lo que pidamos». «Vamos a extraer una enorme cantidad de riqueza del suelo».