En el año 1947, Joan Miró acudió a Nueva York donde residió durante ocho meses. El motivo fue el de crear un mural de gran tamaño para el Terrace Plaza Hotel de Cincinnati. El catalán llegaba a unos Estados Unidos en pleno auge económico tras la Segunda Guerra Mundial y con la experiencia vivida de una España de posguerra. No es de extrañar, pues, que la ciudad de los rascacielos generara un impacto enorme en el pintor que aprovechó la estancia para empaparse de la escena artística y cultural de la Gran Manzana y, también, para reencontrarse con artistas amigos suyos que se habían exiliado desde Europa.