Groenlandia servía, hasta hace nada, para dos cosas: ser hielo y tranquilizar conciencias europeas con documentales. Ese blanco parecía fuera de la historia, como si el mapa hubiera quedado en pausa con el dedo puesto sobre el ‘más tarde’. Pero el hielo no es postal, es puerta. Cuando se abre, no sale poesía; salen rutas, inventarios, nuevas coordenadas. El permafrost. El suelo que parecía eterno ahora cruje. Lo que se descongela no es solo agua; es memoria mineral. Bajo la nieve hay un catálogo: tierras raras y otros minerales críticos que acaban en imanes, baterías, sensores, defensa.