Escritor o bufón

Para mí, la característica principal de quien se dice escritor es la independencia, porque un escritor es depositario de la libertad. Si no es así, el escritor, y no digamos el poeta, es lo más parásito del mundo. Eso, o convertirse en bufón del poder. O elegir el desierto, la soledad, el extrañamiento de una sociedad mezquina, adocenada, gregaria, o vestirse de cretino e ir a los salones del poder dando saltos de cretino. Porque el escritor tiene como oficio el despertar a lo humano, a la toma de conciencia, para que su sociedad deje de hozar en el estercolero. Esto, claro, tiene su precio, a modo de sarcástica recompensa: el no recibir premios ni reconocimientos, el apenas publicar, el encerrar su existencia, sus años, en el profundo silencio de un cuarto junto a una ventana por donde ve pasar su vida en días de lluvia, en días de sol, en días de frío, y siempre el mismo cielo de la misma soledad; o incluso una recompensa más siniestra: la cárcel, la muerte, la condena al ostracismo y al olvido. O esto, o erigirse en el bufón del poder, pelele, monigote, mequetrefe, mameluco, con su papalina, su redingote, su olifante de hojalata, su vilorta, su traje de rombos de colores y sus cascabeles colgados en esos cuernos de ropón, vestido de estúpido arlequín, siempre sonriente y cada vez más estúpido y más cascabeles, más joroba, más tartufo, más rigoleto y más sonajero con más cascabeles, y venga a dar saltitos, tin tin, para que el poder se ría, sin importarle si el poder se cansa y le da un papirotazo, o le pone la pezuña donde quiera y lo manda a una letrina. Pero el caso es arrastrarse por el suelo, entre la jauría y la rehala de perros del poder, peleándose con ellos por alcanzar algún pellejo, algún hueso, unas migajas de pan en el perpetuo festín del poderoso. Y el escritor bufón siempre ríe, siempre aplaude, siempre muerde a quien le manda el dueño, o compite con otros para ser el esclavo que sostiene la corona de laurel, creyéndose vitoreado por la chusma en el eterno desfile de su césar. O el bufón más patético: el escritor que se presenta como contestatario, el que, como los monos de un zoológico, luce los callos de su coxis sentándose en la jaula al sol que más calienta. Es el bufón absoluto, el cretino viejo, atezado, haciéndose el revolucionario ante los jóvenes que acaban de llegar; el lengua encallecida de tanto ir de trasero en trasero; el que, cuando cambian el poder, se alza muy digno, muy vociferante, para seguir arrastrándose en busca de migajas, de huesos y pellejos, apurando el culo de las copas y los vasos, mojando sopas en las sobras de las fuentes, royendo los mendrugos y chupándose los dedos.