Pastilibros

PASTILIBROS El médico diagnosticó amnesia literaria y anemia de vocabulario. Me recetó una caja de pastillas reconstituyentes y un jarabe de tinta. En la farmateca me dijeron que cada pastilla numerada (25 en cada caja) equivalía al capítulo de un libro. «Debe usted ingerirlas en orden» —insistió el farmacólogo—, «de lo contrario, correrá el riesgo de alterar el nudo o el desenlace de las tramas; y tiene que tomar una cada 8 horas, si tomase más, podría intoxicarse con la atmósfera o con la psicología de los personajes». Quien me atiende me explica que, según el diagnóstico, los médicos pueden optar por un tratamiento estándar a base de poesía, novela o ensayo, pero también pueden prescribir píldoras de dramaturgia si se tratara de enfermedades crónicas o, si los síntomas fueran de considerable gravedad, solicitar que al paciente se le administren notas a pie de página por vía intravenosa. Respecto al jarabe de tinta, dos cucharadas al día, una antes del desayuno y otra después de la cena. Si todo va bien, en un par de semanas podré recitar de nuevo, y de memoria, los sonetos de Garcilaso, viajar a Macondo con la imaginación o volver a comprender los sesudos conceptos de la Suma Teológica , del ínclito Tomás de Aquino. EL INSTINTO Y LA FURIA No encontraba la manera de acabar con ella. Llevaba días pensando en cómo hacerlo. Me perturbaba ver cómo se frotaba las manos siempre que me incomodaba. Ya no podía más. Demasiado tiempo aguantando burlas, afrentas y esquivos. Demasiadas veces las que le había abierto la puerta para ver si se largaba por voluntad propia. Cada vez estaba más harto de sus devaneos y sus recurrentes desaires, pero una mañana un sol de justicia golpeó en la ventana, la crispación en la frente, la risa nerviosa en mi pronto, y noté un estallido y vi sangre en mi mano y también en el cristal de la ventana. Como buen seguidor de la doctrina budista no debería justificar lo que he hecho, pero es que la jodida mosca, además de zumbona, era cojonera. EL REGRESO Un manto blanco de silencio cubre vísceras y cuerpos desmembrados. No queda ni rastro de la trinchera, tan solo el relinchar humeante de unos caballos desorientados en mitad del lago helado. El sargento, postrado, a cuatro mil kilómetros de su aldea, nota cómo un reguero de sangre le baja caliente por el rostro. En su cabeza comienzan a sonar los primeros compases de El lago de los cisnes . Acerca la boquilla de la petaca con orujo a sus labios y deja que el líquido destilado le abrase la garganta. Los ojos se le cierran, lenta, muy lentamente; la respiración se le acelera y tiembla y balbucea, y solo piensa en volver a casa para abrazar a su mujer y a sus hijos. Lo último que el sargento escucha, antes de partir, son los acordes del tercer acto del ballet de Tchaikovski. Lo último que ve, antes de bajar definitivamente los párpados, es hundirse a los caballos en el lago. * Javier Viraje nació en Gijón (Asturias) hace 61 años, aunque reside en Alicante. En el 2004, publicó un libro de poemas, Vértigo de la Clepsidra, y en el 2024 ha aparecido su primer libro de microrrelatos, Con brevedad y alevosía. Desde el 2016, colabora en la Tertulia Literaria del Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti , de Alicante.