¿Quiénes forman hoy las dos Españas?

¿Sigue teniendo sentido hablar de las dos Españas? Un análisis empírico de valores, estilos de vida y actitudes políticas muestra una división nítida entre dos grandes bloques sociales y culturales. Cada cierto tiempo, alguien en la esfera pública española recurre al mito de las dos Españas para explicar el presente. La última ocasión fue este mismo lunes, cuando el exministro socialista Jordi Sevilla apeló a él en el manifiesto Socialdemocracia 21 , recurriendo a la imagen del duelo a garrotazos goyesco: “Un proyecto que huya del mito de las dos Españas condenadas a relacionarse a garrotazos”. No es una metáfora menor. Sobre las dos Españas se han escrito tratados académicos de referencia, como la Historia de las dos Españas de Santos Juliá, que enlaza el mito con dos siglos de debates intelectuales sobre la centralización y la autonomía territorial, el papel de la Iglesia, el alcance de los derechos individuales o el ritmo de la modernización cultural. Pero más allá de su potencia simbólica y de su arraigo histórico, cabe preguntarse si hoy tiene sentido seguir hablando de dos Españas como algo más que un recurso retórico: ¿existe realmente una fractura social profunda que se exprese en la vida cotidiana, en los valores, los gustos y los estilos de vida de la ciudadanía? Esa es precisamente una de las preguntas que nos planteamos en el marco del proyecto NORPOL, del que ya he ido comentando algunos resultados en Piedras de Papel ( aquí , aquí y aquí ). Lo que traigo hoy es un nuevo estudio que presenta el análisis más completo hasta la fecha de la encuesta principal del proyecto, diseñada para caracterizar cómo se estructuran actualmente las tendencias políticas y culturales en España. El estudio se apoya en más de doscientas variables que recogen preferencias, gustos, actitudes y creencias de la población adulta, y cuyos datos pueden consultarse en abierto en el repositorio de DIGITAL.CSIC . A partir de este material, el objetivo es evaluar hasta qué punto las divisiones ideológicas contemporáneas se reflejan también en formas diferenciadas de vivir, consumir cultura y relacionarse con el mundo social. La encuesta se organizó en seis grandes bloques temáticos: aficiones, movilidad y transportes, relaciones afectivas, valores morales, actitudes y sentimientos políticos, y variables sociodemográficas. El primer paso del análisis consistió en reducir las decenas de variables incluidas en los cinco primeros bloques a un número manejable de dimensiones sintéticas. En concreto, construí ocho índices que permiten caracterizar a la población en función del tipo de ocio que practica, sus gustos musicales, su relación con la actividad física, sus concepciones sobre el amor y la familia, sus valores morales, sus preferencias políticas y sus sentimientos hacia distintos grupos sociales. Como han mostrado otros trabajos para distintos países —especialmente para Estados Unidos —, en España estas dimensiones no aparecen aisladas, sino estrechamente relacionadas entre sí. La figura 1 resume estas asociaciones mediante una matriz de correlaciones entre los distintos índices. El color verde indica una relación positiva entre dos dimensiones, mientras que el rojo señala una relación negativa; la intensidad del color refleja la fuerza de esa asociación. Se observa, por ejemplo, que los valores morales conservadores —que incluyen actitudes como la valoración del mérito, la autoridad o la lealtad— están fuertemente vinculados a una concepción romántica y tradicional del amor. De forma paralela, el apoyo a políticas progresistas —como el control del precio del alquiler o el derecho al aborto— se asocia positivamente con sentimientos favorables hacia minorías religiosas, nacionales o sexuales. En sentido contrario, los valores morales conservadores muestran una relación negativa clara tanto con el apoyo a políticas progresistas como con las actitudes positivas hacia las minorías, lo que apunta a la existencia de paquetes coherentes de valores, creencias y sensibilidades culturales. Figura 1: Matriz de correlación entre los índices de estilo de vida y actitudinales. Una vez comprobado que los distintos índices están relacionados entre sí, el siguiente paso fue utilizar varios algoritmos de clasificación para explorar cuál es la forma más adecuada de agrupar a la población española en función de sus estilos de vida y actitudes. El resultado principal de este ejercicio es contundente: la solución que mejor se ajusta a los datos distingue exactamente dos grandes grupos. Como muestra la figura 2, el grupo progresista se caracteriza por una alta participación en ocio cultural, el consumo tanto de músicas cultas como alternativas, una mayor práctica deportiva, un amplio apoyo a políticas progresistas y sentimientos positivos hacia las minorías. En contraste, el grupo conservador destaca por la centralidad de valores morales conservadores y por actitudes más favorables a una concepción romántica y tradicional del amor. La separación entre ambos perfiles sugiere que las divisiones ideológicas en España no se limitan a la política electoral, sino que estructuran conjuntos coherentes de prácticas culturales, valores y sensibilidades sociales. Estos dos grupos también difieren de forma muy marcada en sus características sociodemográficas. El perfil conservador está compuesto, en promedio, por personas de mayor edad, con mayor probabilidad de vivir en pareja y de tener hijos, con niveles más bajos de educación e ingresos y una menor concentración en entornos urbanos. En términos ocupacionales, predominan los empleos medios y bajos, especialmente en sectores como la hostelería, la seguridad o los trabajos administrativos y de ventas. El grupo progresista, por el contrario, presenta una mayor presencia de ocupaciones científicas y profesionales, así como una proporción significativamente más alta de personas no heterosexuales. Resulta llamativo que, pese a estas diferencias, exista una variable que no distingue en absoluto entre ambos grupos: el género, con una presencia prácticamente idéntica de hombres y mujeres en cada uno de ellos. Figura 2: Puntuaciones medias estandarizadas por grupo en ocho índices En España no hemos dejado de hablar de polarización política en los últimos cinco años. Sin embargo, casi todo el foco se ha puesto en su dimensión afectiva : los sentimientos negativos, la desconfianza y los comportamientos hostiles que hoy despierta la política. Mucho menos nos hemos preguntado por las diferencias de fondo. Si los dos grandes bloques que dividen actualmente a la sociedad española no solo discrepan en sus posiciones políticas, sino que están asentados sobre visiones del mundo profundamente contrapuestas —en valores, estilos de vida y formas de entender las relaciones sociales—, entonces las consecuencias del cambio político pueden ser mucho más profundas y duraderas de lo que suele asumirse. Puede que exista una versión contemporánea de las dos Españas, adaptada al siglo XXI y alejada ya de sus formulaciones históricas. Pero, si es así, más nos vale conocerla con precisión empírica, para que el debate público se apoye en diferencias reales —de valores, prácticas y modos de vida— y no se limite a reproducir un mito secular convertido en atajo retórico.