Puede que no seamos una sociedad enferma, pero tenemos muchos síntomas y no ponemos remedio con cabeza. Por ejemplo, no dormimos, y tratamos de arreglarlo con pastillas. Primero, media, luego, una entera y hasta dos si hace falta, cada vez en dosis más elevadas. No tenemos tiempo para cambiar nuestros hábitos de vida, decimos, y las pastillas están al alcance de la mano, cuando en verdad necesitaríamos alguien que nos escuchara, un paseo, deporte, tranquilidad, un antídoto contra la ansiedad que devora todo. Vivimos como panteras al acecho, a la espera de lanzarnos contra una amenaza que solo existe en nuestras cabezas. Lo mismo nos sucede con el resto del cuerpo. Acaba de empezar el año y las redes nos inundan con consejos no solo para eliminar el sobrepeso sino para un ideal de belleza imposible. Y todo eso hay que conseguirlo en un mes o en quince días. Ahora es el adverbio de moda. Pierda hasta veinte kilos inyectándose sustancias reservadas a los diabéticos. Adelgace, sea joven, salga de su zona de confort, maquíllese, elimine sus arrugas…una larga lista que hay que cumplir en poco tiempo, ahora, ya, enseguida, generando un estrés que se suma al que tenemos. O mejor, mucho mejor, deberíamos dejar en paz las redes sociales, seguir los consejos de los médicos, pasear, perder peso solo si afecta a la salud, quedarnos en la zona de confort si estamos bien en ella, a veces se tarda tanto en estar tranquilo que para qué tenemos que dejar de estarlo.