Entre la historia y la ficción

Contra lo que algunos auguraban, el libro electrónico no ha quitado espacio al de papel. Y los mismos libreros, siempre prestos a llorar penas, se muestran satisfechos de las ventas relacionadas con Navidad y Reyes. Es más, no solo se han comprado y regalado muchos libros en el formato de siempre, con textos en tinta negra sobre hojas en blanco –junto a experimentos de lomos pintados y desplegables como en los cuentos infantiles- sino que se están leyendo ya, en una especie de propósito realizado al comienzo del año. En un reciente viaje en tren, me asombré al ver a bastantes compañeros de vagón leyendo ensimismados el tomo que tenían entre las manos; una imagen ajena a estos tiempos de teléfonos inteligentes y redes sociales que me recordó a otra de muchos años atrás, en mi época de estudiante en Madrid, cuando la mayor aspiración del viajero en Metro era conseguir un asiento donde pasar el largo trayecto leyendo una novela –forrada, para que el fisgón de turno se quedara con las ganas de saber el título-. Y, a juzgar por las estadísticas, seguro que muchos de esos libros del tren eran novelas históricas, uno de los géneros más leídos en España, si no el que más. Ahí está el caso de Pérez Reverte, quien –aparte de que casi todo lo que escribe es una mina, bien envuelto en una apabullante maquinaria publicitaria- ha convertido en clásico a su Capitán Alatriste. Pero en Córdoba tenemos un ejemplo mucho más cercano, el del egabrense José Calvo Poyato, que sin tantas alharacas se ha convertido en uno de los más reconocidos y prolíficos artífices de la novela histórica publicada en este país.