Los obispos españoles han publicado un mensaje en el que desgranan las claves de la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, prevista para el lunes 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor. Supone una continuación del Congreso de Vocaciones celebrado hace un año, en el que se buscaba inculcar un discernimiento, para que cada uno descubra qué misión y qué vocación tiene ante Cristo. Con ese mismo ánimo se presenta esta jornada, para inculcar esa cultura de la vocación, por eso el lema es una pregunta muy simple, pero profunda: ¿Para quién soy? La pregunta busca que cada uno haga una introspección sobre sí mismo, pero sin ensimismarse en su mundo individual, ni caer en una autorreferencialidad que ciegue a lo que hay en el exterior. Un peligro contra el que advirtió a los consagrados el Papa Francisco. Por eso la pregunta es "¿Para quién soy?" reflejando una reflexión personal sobre lo que podemos aportar cada uno al mundo, a nuestras comunidades y a nuestras parroquias. En su mensaje, los obispos señalan tres preguntas con las que completar la reflexión: La vida consagrada es para aquellos a los que es capaz de convocar, a los que transmite que Dios enamora para hacer vida, en unión con él, muchas teselas del Evangelio de Jesús que hombres y mujeres inspirados por el Espíritu han iniciado antes que nosotros, con grandes dificultades, pero, sobre todo, con un amor apasionado por el Señor que llama y por la humanidad que lo necesita a él. La vida consagrada es para los que vienen a ella por su cauce, para aquellos a los que llama como eco de la voz de Dios —siempre antigua y siempre nueva— que persuade, guía al desierto, habla al corazón y abre una puerta de esperanza (cf. Os 2,16-17). La cuestión vocacional, que tanto nos preocupa en estos tiempos y estas latitudes, no es solo una urgencia coyuntural, que también, sino sobre todo una exigencia carismática: somos para aquellos a quienes llamamos a través de nuestro amor evangélico; o mejor, para aquellos a los que el Señor llama, también a través de nosotros, a vivir a fondo la fe cristiana y la entrega de la vida. En este sentido, este primer interrogante nos conecta con el núcleo del voto de castidad, que es el del amor centrado en Dios y ofrecido a todos; particularmente, a quienes el Señor quiere llegar con una palabra veraz de claridad y calidez. Él es el camino de luz y esperanza que nos lleva al amor infinito. Un amor que contribuye a la comunión fraterna sinodal que la vida consagrada está urgida a tejer en su seno y con el resto del pueblo de Dios en camino, propiciando una conversión de las relaciones por amor. La vida consagrada es para Dios, a quien cada persona consagrada busca. Es para el único, para el absoluto, para el Padre, para el Señor. No hay nada más importante que aquello —aquel— que cada persona consagrada busca. Vivir en tensión permanente el quærere Deum es no solo la fuente de la que brota la consagración de la vida —su razón de ser, su raíz más íntima, su verdad última—, sino también la tarea fundamental de nuestro quehacer cotidiano. La vida consagrada es para Dios y escrutar su rostro cada día es parte sustancial de su misión. En este sentido, este segundo interrogante nos da la medida del voto de obediencia, que es el del amor que desea al Señor, a Cristo Hijo de Dios vivo, a quien quiere ir y de cuya palabra de vida eterna quiere vivir, como confiesa Pedro (cf. Jn 6,68); para que todo lo que se entreteje con el pasar de la vida y de los rostros penda de la voluntad de Dios. En el Señor fijamos los ojos, pues es luz y cayado para discernir los pasos del proceso sinodal en el que la participación de las personas consagradas en la Iglesia particular y universal se hace imprescindible por su consagración bautismal y vocacional. La vida consagrada es para los pobres, a quienes se entrega. Es para el que ha sido privado de la compañía y el consuelo de los hombres, pero nunca de Dios, que se abaja para servirle. Y en ese servicio a los desamparados el Señor no quiere estar solo; quiere a su lado a los hombres y mujeres que han conocido su amor y saben que se puede vivir de él y de su Palabra en toda circunstancia, también —quizá especialmente— en las más aciagas y las más adversas. En este sentido, este tercer interrogante remite al voto de pobreza, que es el del amor que se contenta sencillamente con la presencia del amado y de los amigos del amado; y no necesita nada más que ser cercano y estar disponible para los que no tienen a nadie que sea y esté con ellos, sin asustarse de su humillación ni huir de su pobreza. Una pobreza que es puerta abierta de esperanza a la austeridad liberadora y a la generosidad que brota de la gratuidad. Una pobreza que se hace puente de esperanza desde quienes, con sus votos y su fraternidad, se saben vulnerables, necesitados de amor, sanación y liberación hacia los que sufren la fragilidad, como nos muestra Dios encarnado, pobre y humilde.