Durante décadas, la máxima en la industria minera fue simple: “el capital sigue a la geología”. Si había mineral de alta ley, la inversión llegaba, casi sin importar el riesgo país. Sin embargo, desde hace tiempo, esa lógica ha venido cambiando, primero porque la incertidumbre política ha venido teniendo cada vez más peso en las decisiones, y últimamente porque en un mundo donde la transición energética demanda cobre, litio y tierras raras a velocidades récord, la geología ya no es suficiente.