Suscríbete - Te enviamos el boletín de Cultura todos los viernes si te suscribes de forma gratuita en este enlace Año nuevo, contador de visitas a cero. Es tradición periodística y política, hacer balances numéricos de todo lo que se gestiona desde la esfera pública. La obsesión por los datos de visitas responde a una lógica administrativa que privilegia lo cuantificable sobre lo significativo. Un número es fácil de comunicar, de comparar y de justificar ante responsables políticos. La serie The Wire , sin embargo, nos mostró a la perfección la trampa de las estadísticas con aquella frase: “manipulas las estadísticas y los comandantes se convierten en coroneles”. La obsesión numérica, de hecho, traiciona a quien se instala en ella. Especialmente sí hablamos de cultura. Pongo dos ejemplos recientes: 2.500 entradas menos en el Festival de la Guitarra no importan, porque la media de asistencia los espectáculos fue mejor que la del año anterior. Sin embargo, 2.000 espectadores menos han sido uno de los motivos esgrimidos para tumbar la gestión de Cosmopoética. En general, reducir la experiencia cultural a un acto de paso —entrar, mirar, salir—, es un baremo nefasto porque deja fuera dimensiones esenciales como el tiempo de reflexión, el aprendizaje, la transformación del público o el impacto social sostenido. En este marco, el riesgo es claro: cuanto más se insiste en la afluencia como medida de éxito, más se empuja a las instituciones culturales hacia modelos próximos al entretenimiento o al turismo visual. La cultura se convierte así en una mercancía que debe atraer miradas, no en un espacio que fomente pensamiento crítico o incomodidad productiva. El resultado es una programación condicionada por su potencial de atracción inmediata, no por su necesidad artística o su relevancia contextual. En Córdoba, nada evidencia mejor el fracaso de este modelo de recuento que el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía (C3A), una pinacoteca y espacio de creación que ha sido evaluado de manera recurrente - y yo soy el primero que lo hace - a partir del número de visitantes, a sabiendas de que ello distorsiona profundamente el sentido y la función de un centro de CREACIÓN contemporánea. La trayectoria reciente del C3A ofrece ejemplos reveladores de estas tensiones. Porque los momentos de mayor crecimiento en visitas no siempre han coincidido con procesos de mayor solidez conceptual o continuidad programática. El espectacular aumento de público en 2022, impulsado por la llegada de TBA21 -y la recuperación tras la pandemia-, generó una euforia estadística que pronto se reveló frágil. La posterior caída demuestra hasta qué punto los picos de afluencia no garantizan ni fidelización del público ni estabilidad institucional, pero sí alimentan expectativas irreales basadas en números volátiles. Y, lo peor, condiciona las decisiones curatoriales y de gestión, ante la presión por “funcionar bien” en términos de asistencia. El caso del C3A no es una excepción, sino un síntoma de una tendencia más amplia que confunde legitimación cultural con popularidad numérica. Frente a ello, resulta urgente replantear los criterios de evaluación de las instituciones culturales. Más allá de contar visitantes, habría que valorar el impacto educativo, la calidad del discurso artístico, la capacidad de generar pensamiento crítico y la relación sostenida con su contexto social. ¿Cómo se hace eso? Bueno, eso es un papel que no me corresponde a mí, sino a los gestores públicos. Y ellos parecen cómodos confiando en los números. Al final, cuando el valor de una institución se mide casi exclusivamente por cuántas personas cruzan la puerta, se invisibiliza el trabajo que realmente construye tejido cultural y social a largo plazo. Y ese trabajo es el que hace que pasen cosas. El musicólogo norteamericano Ted Gioia. Cincuenta hombres blancos En su último artículo en su blog The Honest Broker , el musicólogo Ted Gioia reflexiona sobre la gran promesa incumplida de Internet y cómo la era digital, lejos de democratizar la cultura, ha concentrado el poder en manos de unas pocas plataformas tecnológicas. Lo que iba a ser un espacio abierto, sin intermediarios ni jerarquías, que iba a acabar con los grandes monopolios culturales de finales del siglo XX (las multis, las familias mecenas, las productoras de cine, las casas editoriales...) ha terminado convirtiéndose en un sistema donde Google, Amazon, Apple y Meta controlan el acceso a la información, la publicidad y la visibilidad cultural. Gioia advierte que esta concentración tiene rostros concretos: alrededor de cincuenta ejecutivos deciden qué música escuchamos, qué libros se publican, qué películas llegan al público y qué medios sobreviven. La mayoría no proviene del mundo artístico ni cultural, sino de la gestión tecnológica y financiera, y toma decisiones guiada por métricas ( oh wait... ), beneficios y precios de acciones, no por criterios de calidad, riesgo creativo o valor cultural. El resultado es una cultura cada vez más homogénea y conservadora, dominada por secuelas, fórmulas repetidas y productos diseñados para no fallar. Frente a los antiguos mecenas —que financiaban el arte por ambición cultural y prestigio, y también por los incentivos fiscales que ello suponía—, las plataformas actuales priorizan la rentabilidad inmediata, incluso si eso empobrece el ecosistema creativo y reduce el espacio para voces nuevas o incómodas. La recomendación final de Gioia es la misma que se ha hecho desde este humilde boletín: la cultura aún tiene salidas fuera de las plataformas dominantes. Apoyar medios, sellos, artistas y creadores independientes —en espacios como Substack, Patreon o Bandcamp— es hoy un gesto político y cultural. Cada suscripción, cada compra directa, es una pequeña victoria que mantiene viva la diversidad creativa y fortalece la contracultura que puede renovar el panorama cultural. Por cierto, Bandcamp ha anunciado esta misma semana que, al contrario que Spotify, va a plantar batalla contra el contenido que se suba a su plataforma y que haya sido generado con Inteligencia Artificial. Así que, si estás pensando en dejar la plataforma que financia armas que masacran a personas, es buen momento para apostar por Bandcamp. Hasta el viernes que viene.