Emilio Lhardy llegó a Madrid con la puntualidad de los relojes suizos y la paciencia de los que saben que el futuro se cuece a fuego lento. Venía de Francia, traía bigote, chaqueta oscura y una idea peligrosa para la Villa y Corte. Se trataba de comer bien, comer fino y comer sentados. Corría 1839 y Madrid aún masticaba con ruido, como una taberna que grita demasiado. Lhardy abrió su casa en la Carrera de San Jerónimo y, sin levantar la voz, cambió el tono de la ciudad. El restaurante nació con vocación de refugio. Un lugar donde el caldo era serio, el servicio discreto y el silencio respetado, como si fuera un sacramento. Dicen que Isabel II entraba por... Ver Más