La tromba de agua y lodo que arrasó gran parte de la provincia de Valencia el 29 de octubre de 2024, se llevó por delante casas, personas, recuerdos y, en la mayoría de casos, la tranquilidad de las familias. Muchos afectados comenzaron a mostrar secuelas derivadas del trauma vivido y pronto se comprendió que no bastaba con reconstruir lo material, sino que era imprescindible ofrecer apoyo psicológico a quienes habían quedado atrapados en el recuerdo de la catástrofe. Ante esta emergencia, la Fundación Mutua Madrileña firmó un convenio con el Colegio Oficial de la Psicología de la Comunidad Valenciana (COPCV) para poner en marcha el Plan de recuperación desde la Psicología para las poblaciones afectadas por la dana , un proyecto de atención psicológica gratuito, orientado a prevenir la cronificación del trauma y recuperar la salud mental de los damnificados. Tras doce meses de trabajo, la iniciativa -enmarcada dentro de la línea de actuación en esta materia que la fundación activó hace unos años- ha permitido atender a 7.342 personas a través de 2.568 sesiones de atención psicológica individuales y 380 sesiones grupales. El programa se ha desplegado en trece localidades y ha contado con una veintena de psicólogos, apoyados por una unidad móvil para llegar a zonas de difícil acceso. Además, se han realizado 411 reuniones de coordinación con los ayuntamientos, talleres para profesionales municipales y visitas domiciliarias. Al respecto, la coordinadora del proyecto, Pilar García, destaca a ABC que el acompañamiento que se ha realizado ha sido «en un contexto comunitario, de manera temprana, planificado y sostenido en el tiempo». Así, incide en que esta intervención comunitaria «es complementaria a la atención clínica sanitaria», por lo que su rol principal se basa en «la prevención, el apoyo psicosocial y un fortalecimiento comunitario de la población». En esta línea, Pilar García explica que una de las claves fue salir al encuentro de quienes nunca habían pedido ayuda . «No todo el mundo acude a una institución, así que hicimos mucha atención a pie de calle», relata. También acompañaron de forma individual a personas que intentaban retomar su rutina diaria, ayudándolas a exponerse progresivamente a situaciones que les generaban miedo. «No solo era intervenir a nivel emocional, también orientar en problemas con viviendas, seguros o trámites de ayudas», añade. También incide en que requirieron especial atención las visitas domiciliarias a personas mayores o con movilidad reducida, muchas de ellas aisladas por la avería de ascensores, dado que «había gente literalmente atrapada en casa y era fundamental reconectarlos con la comunidad». En cuanto a los síntomas detectados, la coordinadora señala que los más frecuentes que se han detectado han sido «la hiperactivación, estados constantes de alerta, irritabilidad y también embotamiento afectivo», que producía que personas que habían recuperado su vivienda o comprado un coche nuevo tras perderlo en la dana, «no lograran disfrutarlo» al seguir «bloqueadas» emocionalmente. Por otro lado, se observaron problemas de concentración, pensamientos intrusivos y recuerdos recurrentes del suceso, además de una fuerte sensación de inseguridad: «Tu casa deja de ser un lugar seguro y eso altera tus creencias básicas». A ello se sumaron el aislamiento social, la culpa del superviviente y emociones como la vergüenza: «Mucha gente escuchó gritos de auxilio y carga con eso». Según Pilar, el trabajo grupal fue clave, ya que «cuando compartes, ves que tus reacciones son normales ante algo tan anormal, y eso ayuda a digerir el trauma». Tras meses de intervención, la coordinadora destaca mejoras significativas como «la reducción de la ansiedad, mejor regulación emocional y patrones de sueño más estables», gracias a talleres de respiración y relajación. García también señala que gracias al acompañamiento, las personas han empezado a expresar emociones como tristeza o rabia y a reconectarse socialmente. «El aislamiento inicial se ha ido diluyendo», afirma. Por todo ello, la coordinadora insiste en que la intervención temprana en este tipo de catástrofes es esencial , puesto que «validar desde el principio lo que sienten evita que el trauma se cronifique». En este sentido, Pilar García recuerda el caso de una mujer que «no sonreía desde la catástrofe» hasta que pudo hablar de lo ocurrido. «Crear espacios seguros para expresar es lo que permite empezar a sanar», concluye, convencida de que todavía queda camino por recorrer, porque «mucha gente pide ayuda cuando ya ha pasado tiempo y ve que algo no va bien». Según estimaciones del COPCV, más del 25% de las 75.000 personas damnificadas por las riadas podrían llegar a sufrir problemas psicológicos y emocionales. En concreto, los datos recogidos durante el proyecto confirman esta tendencia, ya que el 72% de los casos atendidos presentaba alteraciones emocionales como tristeza prolongada, desesperanza, agitación o frustración, así como el 46% mostraban alteraciones cognitivas como pensamientos negativos constantes o dificultades para tomar decisiones. El programa también ha detectado que el 42% manifiestan problemas en sus relaciones interpersonales, como aislamiento y evitación social. Asimismo, en 11% presenta crisis de identidad y cuestionamiento vital, y el 90% ha referido síntomas psicosomáticos de su estado mental como dolores físicos, trastornos del sueño y alimentación. Por su parte, el director general de la Fundación Mutua Madrileña, Lorenzo Cooklin, señala que ante «una situación tan catastrófica», el apoyo psicológico es «crítico para ayudar a las personas a recuperar su calidad de vida». En esta línea, explica que, tras colaborar con donaciones, el Consejo de Administración decidió «armar» un programa centrado en la salud mental, ámbito con el que la fundación está «especialmente comprometida». Por ello, contactaron con el COPCV, «el mejor aliado», para financiar y ampliar un servicio que ya se prestaba de forma voluntaria, permitiendo que continúe y llegue a más afectados.