El trato con su primo Serafín era abrir el bar muy temprano y, quizás, por fin, despachasen más de 250 cafés y más de 300 copas. Esa mañana le había costado despertar. Llevaba años durmiendo en la entrada de un garaje del número 6 de la avenida Virgen de Guadalupe. El dolor de espalda, la artrosis de la rodilla derecha y el frío progresaban pero eran familiares. Sin embargo, algo había cambiado, una mal presagio acechaba. Desde hacía varios meses, tenía el mismo sueño: Estaba sentado en el umbral de piedra del palacio de la Isla. La espalda apoyada en los listones verticales de madera del portón. Delante de él, comenzaban a desfilar hombres y mujeres en columnas de a siete hacia la plaza de la Concepción y continuaban por la calle Santo Domingo. En pocos segundos no se veía el principio ni el final. Las mujeres vestían de dorado y los hombres de blanco. Algunas mujeres abrazaban ramos de flores: rojas, moradas, rosas con sus tallos verdes. Nadie le miraba. Leopoldo no recordaba haber estado tan inquieto. Ni siquiera cuando era médico y operó a su hija. Ella murió durante la intervención y sus colegas médicos comenzaron a conspirar contra él. Las enfermeras y los celadores lo vigilaban. Incluso su mujer y su otra hija de doce años lo espiaban. Solo en las carreras de galgos y en las tragaperras se sentía a salvo. Tuvo que dejar el hospital, su casa, lo que le quedaba de familia y su ciudad.