Diarios de conquista

Ayer se llevaron al Presidente. Y no, por la tarde, no fui a nadar. Tampoco me quedé en casa, con la cabeza bajo el suelo, o soportando el peso de los muebles sobre la espalda. Así lo anunciaban por cualquier torrente de información que desembocaba en la punta de cualquier dedo, algo como prepararse para lo peor que vienen tiempos convulsos. Las últimas semanas se ha metabolizado más de lo que permite la capacidad humana, tan perfeccionada durante millones de años de evolución, para acabar por colapsar en los últimos instantes. Nadie sabe realmente cuántos presidentes van ya, cuántos han sido secuestrados por los costosos helicópteros negros, ni quién puede ser el siguiente. Desde abajo, a pie de calle, daba la impresión de estar en el umbral del nuevo mundo, algo digno de guerras interestelares, con espectáculos de artificio a distintas alturas, por todas partes, una violencia visual y acústica que normalmente pasa desapercibida en las películas de ficción. Ya habían imaginado el futuro por nosotros, y lo han llevado al pie de la letra, palabra por palabra, tal y como consta en sus diarios de conquista. ¡Abuela, mira, salimos en los libros de historia!