El miedo

Mi abuela y mi madre (ahora también yo) solían decir que «el mundo está echado a perder». Lo hacían (y lo hago) tras exhalar un suspiro y apoyar las manos cruzadas sobre el regazo. Porque en todas las épocas ha habido vientos a favor y en contra. Lo que no se esperaba mi abuela, una mujer que vivió la guerra, ni mi madre, niña de la posguerra, es que su descendencia podría repetir la historia. Nunca he creído en conspiraciones. No creo que la Tierra sea plana, ni que el 5G nos controle o que nos estén envenenado los aviones que dejan estelas en el cielo, algo con lo que me entretenía mucho de niña al descifrar a qué se parecía el rastro que dejaban a su paso. Tampoco creo que con la vacuna del coronavirus nos introdujeran un chip y jamás se me ocurrió pasarme una cuchara (como escuché a tanta gente decir) para demostrar que se quedaba pegada debido a lo que nos habían inoculado. Podría seguir con otras tantas cosas que veo, escucho y leo a diario, pero es que ninguna me quita el sueño. ¿Ignorante? Pues miren, quizá, y, en ocasiones, bendita ignorancia. En lo que sí creo firmemente es en la maldad del ser humano, en su ambición mal enfocada y en el hambre de poder que tienen muchos de esos a los que se supone que debemos llamar líderes.