Visitar Huelva siempre es un regalo para los sentidos. Y si uno se adentra en el Parque Natural de la Sierra de Aracena y los Picos de Aroche, la experiencia supera cualquier expectativa: paisaje, silencio, dehesa y una forma de vivir el toro y el campo que se entiende más con los ojos y el corazón que con las palabras. Un año de lluvias continuadas y fríos intensos que José Luis Pereda reconoce como algo casi olvidado en sus predios de Rosal de la Frontera. “Es de los mejores años pluviométricos que he conocido”, explica, recordando escenas de su infancia en la finca familiar. Jornadas enteras de lluvia, humedad constante y un paisaje que, a su juicio, beneficia directamente al ecosistema. Para Pereda, los efectos son claros: “Los animales se quitan enfermedades, las encinas se limpian y el campo está bastante mejorado”. Una climatología que, más allá de debates teóricos, devuelve equilibrio a la dehesa. Al mirar atrás, el balance de la temporada 2025 es positivo. Pereda recuerda con especial emoción la novillada de Sevilla, además de distintos animales lidiados en plazas como Huelva o Mérida. “Fue un año muy bueno para la ganadería”, resume, destacando la regularidad y la importancia de algunos ejemplares. Ese resultado no es casual. El ganadero lo sitúa en el trabajo iniciado tras la pandemia, con una selección más medida y una apuesta firme por el control del proceso: “A raíz de las vacas que escogimos entonces, creo que tenemos una base muy sólida y con muchas expectativas”. 'Barba Verde', el toro que lo resume todo Si hay un nombre propio en la conversación es el de Barba Verde, el toro indultado en Huelva por David de Miranda durante su encerrona en la Feria de Colombinas de 2024. Pereda no duda al definirlo: “Ese es el toro de Pereda actual, muy en la casa, con esa forma de embestir”. A nivel personal, la tarde quedó grabada como algo irrepetible. “Fue mi día soñado; no recuerdo otro igual”. El relato de aquella tarde está lleno de dudas previas, responsabilidad y tensión. Pereda confiesa que no quería llevar inicialmente el toro a Huelva, consciente del riesgo que asumía. Sin embargo, todo cambió cuando el animal rompió en la plaza. “Cuando lo vi moverse en el capote y hacer el avión, pregunté en el callejón y me dijeron: ‘el toro es extraordinario’”. La faena, el indulto y el regreso del toro al corral sin rajarse marcaron un antes y un después: “Ver ese pañuelo y luego tener al toro en las vacas es de las cosas más bonitas que le pueden pasar a un ganadero”. Pese al momento dulce, Pereda rechaza dar saltos precipitados. No quiere forzar su presencia en plazas de máxima exigencia y apuesta por un crecimiento gradual. “Prefiero andar los escalones poquito a poco”, afirma, consciente de que el golpe emocional de un fracaso ganadero es difícil de encajar. Esa filosofía se refleja también en la planificación de la temporada 2026. Pereda tiene preparadas dos novilladas y una corrida de toros, todos ellos dentro de un marco que considera natural para su ganadería. Una de las novilladas volverá a lidiarse en Sevilla, mientras que la otra repetirá en Huelva, dos plazas donde la casa ha encontrado regularidad en los últimos años. A ello se suma una corrida de toros, cuyo destino aún prefiere madurar con el paso de los meses. “Estamos en enero, los toros están con el frío y con la lluvia; quiero esperar a que se rematen, que se igualen y ver las conductas”, explica. Y añade: “Cuando la corrida es buena, no tengo problema en echarla; si no, también tengo plazas donde poder lidiarla”. Lo resume con una frase que define su manera de entender el toro bravo: “Las heridas del sentimiento tardan mucho más en curar que un palo de negocio”. Por eso, prefiere mantener camadas controladas y consolidar antes de asumir mayores riesgos. Como empresario de la Plaza de Toros de Huelva, Pereda habla desde el vínculo emocional. Reconoce que la recuperación de la Feria de Colombinas es fruto de una afición entregada y exigente. “Huelva tiene una afición extraordinaria, de las mejores que hay”, asegura. Escuchar al abonado, cuidar los carteles y pensar siempre en el aficionado son, para él, las claves del crecimiento. “Yo no pienso nunca en ganar dinero en la feria; pienso en darle a la gente lo que quiere ver”, afirma con rotundidad. Además, Pereda reflexiona sobre la posibilidad de que la Feria de Colombinas siga creciendo o si el actual formato es el adecuado. Su visión es clara y prudente. Recuerda que cuando asumió la gestión la feria contaba con poco más de dos festejos y hoy se mueve en torno a seis. “Yo creo que más no le cabe; siempre me dicen que sobra un festejo, incluso... pero nadie se pone de acuerdo en decir cuál”, comenta con sinceridad. Para el empresario, la clave no está tanto en añadir fechas como en mantener el equilibrio entre calidad, ilusión y respuesta del público. “La feria tiene que ser para el aficionado”, insiste, subrayando que su objetivo nunca ha sido hacerla más grande, sino hacerla mejor, cuidando el toro, los carteles y una afición que considera el verdadero motor de Huelva. También hay espacio en la conversación para Mérida, una plaza a la que Pereda confiesa estar muy ligado emocionalmente desde que asumió su gestión en 2021. Habla de ella con cariño y realismo, consciente de que se trata de un proyecto diferente al de Huelva. “A Mérida la quiero con el alma”, asegura, explicando que es una plaza que exige un trabajo constante, casi diario, para atraer al público. “No es lo mismo pensar cómo llevar a la gente a los toros que pensar qué darle a una afición que ya viene”, reflexiona. Aun así, reconoce que el esfuerzo forma parte del estímulo y de la ilusión por hacer crecer una plaza con personalidad propia, desde la constancia y sin atajos. Uno de los momentos más personales llega al abordar su etapa junto a David de Miranda. Pereda insiste en que nunca quiso ser apoderado y que aquella experiencia no nació desde una planificación profesional. “Yo no soy apoderado ni lo he sido nunca”, repite, dejando claro que su relación con el torero fue siempre humana antes que contractual. Explica que aceptó asumir ese papel en un momento de dificultad para el diestro, cuando no encontraba quién se hiciera cargo de su carrera. “Me metieron literalmente en la canasta para apoderarle”, recuerda, reconociendo que lo hizo sin experiencia y sin vocación. “Yo no sabía ni dónde ponerme en la plaza ni qué tenía que hacer”, admite. Durante esos años, la implicación fue total. “Nunca cobré un duro, jamás”, subraya, aclarando que no existió contrato alguno más allá del compromiso personal. “Me he jugado mi cartera muchas veces para que toreara y sonara”, añade, recordando festivales y tardes en plazas menores que ayudaron a reconstruir la trayectoria del torero. La satisfacción, insiste, fue íntima y no económica. “Cogí a un chaval que estaba en el dique seco y lo he dejado ganando dinero en el toro”, resume. Una experiencia que reconoce intensa y con claroscuros. “No volvería a apoderar a ningún torero”, afirma con rotundidad, admitiendo también el desgaste emocional que conlleva cuando los caminos se separan. “Si le va bien, mejor; un torero que ha pasado por mi vida y al que he aportado lo que he podido”, dice, convencido de que la verdadera recompensa fue personal: “Esa satisfacción no se puede pagar con dinero”. Si tuviera que definirse, no duda. “A nivel personal, ganadero”, responde. Describe el campo bravo como un alimento espiritual, un trabajo que no entiende de prisas ni de rentabilidad inmediata. “Eso no te lo da nada; es sentimiento puro”, dice al hablar de tentaderos, vacas y sementales. Una forma de vida heredada y asumida con plena conciencia, en la que la emoción pesa tanto como la razón.