En los últimos años, las freidoras de aire se han convertido en uno de los electrodomésticos más populares en los hogares. Su éxito se debe a la posibilidad de cocinar alimentos con una cantidad mínima de aceite, reduciendo calorías sin renunciar a texturas crujientes. Este auge, impulsado por las redes sociales y la búsqueda de hábitos más saludables, ha llevado a adaptar recetas tradicionales a este nuevo método de cocción, entre ellas, las clásicas croquetas. El 16 de enero se celebra el Día Internacional de la Croqueta, una fecha que nació de manera popular y espontánea. La jornada, impulsada por cocineros y medios gastronómicos, se ha consolidado gracias a las redes sociales y a la participación de bares y restaurantes que ese día lanzan promociones y recetas especiales. Esta celebración también sirve para poner en valor la creatividad culinaria que rodea a la croqueta. Más allá de las clásicas de jamón, cocido o pollo, hoy se pueden encontrar versiones de gallina con chocolate, queso azul con pera, kimchi o pulpo con pimentón, demostrando que la croqueta ha dejado de ser solo una receta de aprovechamiento para convertirse en un lienzo gastronómico capaz de adaptarse a cualquier tendencia. La croqueta, uno de los bocados más populares de la gastronomía europea, tiene su origen en Francia a finales del siglo XVIII. El término "croquette" procede del verbo francés "croquer", que significa “crujir”, en referencia a su característica textura exterior. Las primeras referencias aparecen en recetarios de la alta cocina francesa como una forma elegante de aprovechar carnes ya cocinadas. Uno de los nombres clave en su difusión fue el del cocinero Antoine-Augustin Parmentier, quien promovió recetas para combatir la escasez de alimentos. En ese contexto, las croquetas se consolidaron como una solución práctica y económica que pronto saltó de las mesas aristocráticas a los hogares populares de toda Europa. Durante el siglo XIX, la croqueta cruzó fronteras y se adaptó a las tradiciones culinarias de otros países. En España encontró un terreno especialmente fértil, donde evolucionó hacia su versión más reconocible: una masa de bechamel espesa mezclada con restos de jamón, pollo, ternasco o pescado, reforzando su papel como receta de aprovechamiento. Preparar croquetas en freidora de aire supone un reto distinto al de la fritura convencional, ya que la ausencia de aceite abundante puede afectar a su estructura. Para evitar que se rompan, es fundamental que la masa esté bien fría y compacta antes de cocinarlas. Dejar las croquetas reposar en el frigorífico durante varias horas, o incluso congelarlas ligeramente, ayuda a que mantengan su forma durante el proceso. Otro aspecto clave es el rebozado. Por eso las croquetas que podemos comprar a precios bajos en la sección de congelados del super son habitualmente las que más se rompen. Si las hacemos nosotros, o las compramos en una carnicería, las recetas son mucho más caseras e incorporan por tanto un rebozado de mayor calidad. Podemos hacer que ese empanado sea firme pasando la croqueta por harina, huevo y pan rallado preferiblemente fino o tipo panko para crear así, una capa protectora que evita que la bechamel se salga. Lo mismo sucede con la masa: cuánto más líquida sea, más fácil será que pueda romperse y desparramarse en la freidora de aire. Aquí lo importante sería usar la medida justa de bechamel dotando a nuestra croqueta de cuerpo con el predominio de ingredientes como el jamón, el pollo o el pescado. Pulverizar ligeramente las croquetas con aceite en spray antes de introducirlas en la freidora también contribuye a sellar el exterior y lograr un acabado dorado y crujiente. Podemos ayudarnos extendiendo el aceite con un pincel de cocina. Por último, la temperatura y el espacio dentro de la freidora son determinantes. Cocinarlas a unos 200 grados y sin amontonarlas permite una circulación uniforme del aire caliente, reduciendo el riesgo de roturas. Si tu freidora de aire no calienta de manera uniforme por arriba y por abajo, es recomendable cocinar primero las croquetas durante 8 minutos, dejarlas enfriar ligeramente unos minutos sin sacarlas de la freidora, después darles la vuelta y volver a cocinar durante otros 8 minutos aproximadamente, según el nivel de fritura que queramos conseguir. El resultado es una croqueta con el exterior crujiente y el interior cremoso, que demuestra cómo la tecnología puede convivir con la tradición culinaria.