Hay imágenes que, puestas una junto a la otra, producen vértigo moral. En una esquina del mundo, se celebra el 'día sin pantalones' en el Metro: risas, selfies, una transgresión inofensiva convertida en espectáculo viral. En otra, en una movilización sin precedentes contra una tiranía clerical, mujeres que se quitan el velo sabiendo que ese gesto mínimo –mostrar el cabello, afirmar el propio cuerpo– puede costarles la cárcel, la tortura o la vida. ¿Es posible que ambas escenas pertenezcan al mismo planeta? ¿O la humanidad atraviesa una enfermedad que la vuelve incapaz de distinguir lo trivial de lo esencial? Occidente ha perfeccionado la frivolidad como forma de anestesia. No es libertad lo que se celebra cuando la provocación se vacía de riesgo; es entretenimiento. La rebeldía sin consecuencias se convierte en marketing, en ritual de fin de semana, en una pose que no incomoda al poder porque no lo interpela. El 'al metro sin pantalones' no desafía ninguna estructura: confirma que vivimos en sociedades donde la transgresión ha sido domesticada, convertida en producto de consumo y despojada de contenido ético. Mientras tanto, hay lugares donde cada centímetro de tela es un campo de batalla. En Irán, en Afganistán, en tantas geografías donde el cuerpo femenino es legislado por el miedo, quitarse el velo no es una 'performance' : es un acto de insumisión radical. No hay risas ni cámaras cómplices; hay funerales, juicios sumarísimos, nombres que se convierten en símbolos. Allí, la libertad no se proclama: se paga. No se trata de idealizar el sufrimiento ni demonizar una cultura en bloque, pero sí de denunciar un desajuste moral. Occidente presume de valores universales mientras se distrae con gestos vacíos. Se indigna por oleadas, comparte consignas, pero rara vez sostiene la atención cuando el precio de la coherencia exige algo más que un 'like'. La libertad, sin responsabilidad, se vuelve ruido; los derechos, sin compromiso, se marchitan. ¿Estamos en el mismo mundo? Geográficamente, sí. Éticamente, no siempre. La distancia no es solo entre países, sino entre la profundidad de las luchas y la superficialidad de nuestras celebraciones. Cuando una mujer arriesga la vida por decidir cómo vestirse, y otros convierten la desnudez parcial en broma colectiva, algo chirría. No porque la risa sea ilegítima, sino porque el contraste revela nuestra incapacidad para interiorizar el dolor ajeno. Quizá la enfermedad no sea la diversidad de costumbres, sino la indiferencia. Una humanidad sana debería ser capaz de reír sin olvidar, de celebrar sin trivializar, de defender la libertad allí donde cuesta sangre, no solo donde cuesta pudor. El velo y los pantalones no son telas : son símbolos. Y los símbolos, cuando se ignoran, nos delatan. Si queremos compartir mundo, habrá que compartir también el sufrimiento y la opresión combatiendo a quienes los provocan. Porque la libertad que no se solidariza con quien paga la suya tan caramente, termina pareciéndose demasiado a un lujo. Y los lujos, en tiempos de injusticia, siempre huelen a decadencia.