Sobre la Universidad y el magisterio

Universidad, su nombre evoca un lugar de encuentro. Una reunión de personas y conocimientos, para que éstos penetren en aquéllos y se irradien en la sociedad. Así, su doble misión es cultivar la ciencia y transmitir el saber. Un día me propuse definirla en setenta palabras. Y me surgió esto, que reproduzco sin pretensión de dogmatizar: «Espacio físico, denominado también Academia, delimitado por un ámbito intelectual y cobijado por una bóveda ética, en el que crece el árbol de la ciencia y al que acuden unos estudiantes que anhelan aprender y se acercan a unos Maestros que cultivan el saber, generándose entre ellos una convivencia amable de tal intensidad, que aquellos encuentran en éstos no sólo un caudal de conocimientos sino también un modo de ser». Si una Universidad no investiga se desnaturaliza . La ciencia está en constante avance. Investigar es para Cajal «descubrir los arcanos de Dios». Una labor estudio se convierte en investigación, cuando es el precipitado de muchas lecturas. Hoy se escribe demasiado, para lo poco que se lee. La escritura debe ser «sobreabundancia de lectura». Y para investigar es imprescindible que alguien dirija. En el universo científico no existen los autodidactas. ¡Cuántas horas y cuánto esfuerzo resultan infructuosos si quienes comienzan no han recibido la guía y la formación previa de sus directores! La realidad universitaria está presidida por relaciones desiguales, no debido a categorías administrativas sino en atención a distintos grados del saber. Se necesitan grupos humanos, unidos por intensos lazos, en los que un maestro dirige y unos discípulos están en disposición de ser instruidos, lo cual no anula su iniciativa, sino que la encauza. Eugenio d`Ors subraya: «¡Bienaventurado quien ha conocido maestro!». Y yo añado: «¡Bienaventurados también los maestros en los saberes de sus discípulos!». Es bella y sugestiva la imagen del labrador que recorre el campo para esparcir la buena semilla. Y lo hace con gesto medido, solemne, impregnado de sacralidad. El retrato está tomado de la parábola evangélica del sembrador y lo considero trasladable a la actividad formativa en la Universidad. Maestro es quien sabe y quien quiere compartir; quien derrama su ciencia y experiencia en el discípulo, a fin de que construya, sobre base segura, con cimientos ajenos. Esto exige convertir lo complejo en sencillo y entregarlo a los que comienzan, ejercitándolos de acuerdo con sus singulares inquietudes y capacidades. Todo magisterio fecundo requiere tintes de prodigalidad, de generosa entrega, pero recibe abundantes y gozosas compensaciones. Señala López Ortiz: «Reservarse un saber es hacerle perecer, confiarlo a los discípulos es salvarlo para siempre». Y afirma Cajal: «Aún miradas las cosas desde el punto de vista egoísta... importa al sabio proceder a su multiplicación intelectual... Crecerán sus desvelos, pero aumentarán también sus venturas». Los universitarios dejan estela en su propia obra científica. Pero para que un acreditado investigador reciba el nobilísimo título de maestro, es necesario que se proyecte en sus discípulos, proporcionarles una determinada «genealogía intelectual», al situarlos en comunidades de pensamiento denominadas «Escuelas». Y, además, como subraya Marañón: «Las Universidades decaen cuando los maestros olvidan que el rastro de sus ideas es como el de la nave en el agua y el de su conducta es como el del arado en la tierra». Por ello, el auténtico maestro, del que nunca podrá prescindirse, moldeará, en parte, la personalidad de sus discípulos. Su vida habrá pasado a otras vidas, siendo su legado un modo de comportarse y una forma de «ser universitario». Son varias las profesiones públicas que han elevado la edad de jubilación voluntaria a los 72 años e incluso a 75, con ciertas condiciones, para el personal de las Cortes Generales. De forma sorprendente, los docentes de las universidades públicas se jubilan, obligatoriamente, a los 70. Ello supone, en ocasiones, una descapitalización de la Universidad. Así, a veces, se escucha una laudatio en la que se resalta una trayectoria modélica que se trunca con la jubilación; y se constata, por una parte, la lozanía del «jubilado» con capacidad y vocación intactas y, por otra, la percepción de merma en discípulos y colegas, cuando consideran a quien se jubila como un referente académico y personal. Por ello, debería extenderse también, con carácter voluntario, la situación de actividad hasta los 72 para aquellos profesores que acrediten «aptitud», traducida en plenitud intelectual y «actitud», traducida en el deseo de laborar, a diario, en beneficio de alumnos, discípulos y colegas. Y ello, no en interés propio, sino en beneficio de la institución a la que sirven. Por otra parte, algunos maestros son, en cierta medida, insustituibles, por lo que su muerte provoca un vacío difícil de llenar. Así me he sentido, cuando el pasado noviembre perdíamos al maestro Cuenca Toribio. Tres días antes de dejarnos, esta prestigiosa Tribuna –heraldo de la más granada intelectualidad– se veía honrada con su firma. Su larga y fecunda vida ha estado centrada en la investigación, la docencia y la difusión cultural. Era un historiador excelso… pero no solo fue eso. Su ansia perenne de conocer el saber global lo asemejaba a aquellos filósofos atenienses, dedicados a la metafísica junto con las ciencias y las artes, en su búsqueda de la verdad. Los escritos de Cuenca llevan «ruido» de muchas aguas, que bajan de las cumbres de las montañas. Son el relente licuado cuando el «lector infatigable» se transformaba en «empedernido escritor», con cerca de noventa títulos individuales y más de trescientos cincuenta capítulos y artículos científicos. Sus decenas de Terceras de ABC y sus centenares de columnas publicadas en el 'Diario de Córdoba', agavillando argumentos de historia, política, religión y literatura deberían ser recopiladas. En éstas, salía de puerto todas las semanas, por más de tres décadas, para descubrir necesidades y alumbrar soluciones de esa sociedad que, con precisión, radiografiaba. De su humanidad destaco: su afectuosidad, sensibilidad, ilusión por tratar a los más jóvenes, genio creativo, hálito estético, carácter comunicativo, disciplina rigurosa y su inquebrantable fe en Dios providente. He tenido el privilegio de compartir con él multitud de vivencias, departiendo sobre las res divinae et humanae. Se nos ha muerto, pero no se nos ha ido del todo. Su impronta permanece en sus decenas de discípulos y en quienes tuvimos el privilegio y la fortuna de frecuentarlo. Como estudioso vivirá en sus estudios, creando una estela luminosa en los anaqueles de las bibliotecas. Hemos perdido a un «grande», de esos que hacen, y encarnan, la Universidad.