Kiko Sánchez, instructor de buceo profesional: "Pierdes la noción del tiempo, todo te parece perfecto, estás en una burbuja idílica"

El buceo profesional está considerado como el segundo trabajo más peligroso del mundo, una disciplina donde la disciplina no es una virtud, es un seguro de vida. Para entender las complejidades y riesgos de esta profesión, Kiko Sánchez, instructor de la escuela náutico-pesquera de Pasaia, el único centro que ofrece esta formación en el País Vasco, detalla las claves de una labor que se desarrolla bajo una presión extrema. Un buzo profesional es, en palabras de Sánchez, como una navaja suiza capaz de realizar una gran variedad de tareas críticas bajo el agua. “Somos una bajita suiza, ¿no? Sabemos de todo y intentamos hacer los trabajos lo mejor posible”, explica. Su labor abarca desde reparaciones y reflotamientos de barcos hasta corte y soldadura, obra hidráulica en puertos, inspecciones y el montaje de estructuras submarinas. Cada especialidad presenta sus propios desafíos. Los soldadores submarinos requieren una alta especialización, mientras que la obra hidráulica en la construcción de puertos implica un trabajo físico extenuante, como nivelar el fondo marino arrastrando toneladas de arena y piedra. El reflotamiento de barcos hundidos, por su parte, exige técnicas precisas para tapar vías de agua e inyectar aire o usar globos de elevación. Llegar a ser buzo profesional requiere una exigente formación de dos años que empieza desde cero. El primer paso es el buceo autónomo, el que se practica de forma recreativa. En esta fase, los alumnos aprenden en piscina la resolución de problemas y el rescate de compañeros, para luego aplicar las mismas técnicas en el mar, en condiciones de menor confort y mayor profundidad. Una vez dominado el buceo autónomo, los aspirantes pasan al suministro desde superficie, el equipamiento estándar en el sector. Este sistema incluye un casco, un umbilical que proporciona aire y comunicaciones desde un centro de control, y un equipo de unas cinco personas. Con este equipo, los buceadores aprenden a trabajar a profundidades de hasta 50 metros, o 60 con mezcla de gases, realizando ya trabajos reales. El entorno de trabajo es uno de los mayores enemigos. El frío y la poca visibilidad son constantes. “Muchas veces se trabaja sin, o sea, cero visibilidad. Cero es cero, si te pones las manos en los ojos y te los tapas, así. Entonces, vamos al tacto”, detalla Sánchez. Este factor aumenta exponencialmente el riesgo de accidentes, como quedar atrapado o sufrir un aplastamiento. Además de los riesgos externos, existen peligros fisiológicos como la narcosis, conocida como la “borrachera de las profundidades”. El nitrógeno, a altas presiones, se vuelve tóxico y anula el pensamiento lógico. “Pierdes la noción del tiempo, todo te parece perfecto, estás en una burbuja idílica”, comenta el instructor. En casos graves, el buzo puede llegar a quitarse el regulador pensando que puede respirar. Otro riesgo mortal es la enfermedad descompresiva. Quedarse sin aire obliga a un ascenso rápido, lo que provoca que el nitrógeno disuelto en la sangre forme burbujas que pueden obstruir el sistema circulatorio. Para evitarlo, es obligatorio realizar un ascenso lento con paradas de descompresión que permitan al cuerpo eliminar el gas de forma segura. En cuanto a hallazgos como el obús de la Guerra Civil encontrado en Denia, Sánchez aclara que los buzos profesionales no intervienen. Su protocolo es señalizar la zona sin tocar el artefacto y avisar a las fuerzas del ejército, que son los competentes para la desactivación mediante una explosión controlada.