El año 2024 cerró con una cifra alarmante: 4.500 expedientes por agresión de hijos a padres, lo que supone una media de 12 casos al día. Sin embargo, estos son solo los casos judicializados, la punta de un iceberg que esconde una realidad mucho más amplia y silenciosa, sufrida en la intimidad de los hogares. Este es el caso de Eva, una madre que, sin llegar a denunciar, decidió buscar ayuda en la Fundación Amigo para poner fin a la violencia filio-parental que estaba viviendo. Eva, madre separada y encargada del cuidado de sus dos hijos, vio cómo el comportamiento de su hijo mayor se complicaba durante la preadolescencia. La situación se volvió insostenible, pero hubo un detonante que marcó un antes y un después. Durante una discusión en el coche, su hijo le arrebató las llaves del contacto mientras conducía. Aunque circulaban despacio y no ocurrió una desgracia, para Eva ese fue el límite. 'Ese fue el detonante, eso en mi cabeza dijo, hasta aquí hemos llegado y hay que buscar soluciones y ayuda', explica. Fue el momento en el que comprendió que necesitaba ayuda externa para reconducir la situación. Antes de ese momento, la convivencia ya era un infierno. 'Nuestro día a día era completamente tóxico', relata Eva. La familia vivía en un estado de alerta constante y a la defensiva, con enfrentamientos continuos que generaban 'mucho malestar, rencor y enfado', deteriorando una relación que hasta entonces había sido muy buena. Eva sufrió violencia verbal, psicológica y también económica, ya que su hijo llegó a robarle. Aunque nunca hubo una agresión física, el miedo estaba presente. 'En los últimos tiempos, sí que llegué a tener algo de miedo', confiesa, reconociendo que la escalada de violencia era constante. Desde el primer episodio de violencia hasta que decidió pedir ayuda, pasó un tiempo considerable. Eva explica que al principio 'quieres pensar que no es para tanto'. Sentimientos como la culpa y la vergüenza son una barrera. 'Admitírtelo a ti mismo, reconocértelo, es el primer paso, y eso cuesta', afirma. En medio de todo, su hija pequeña tuvo que vivir situaciones que no le correspondían, pero se convirtió en un pilar fundamental. 'Ha sido una fuerza grande para seguir adelante y luchar', comenta Eva, quien siempre sintió el apoyo de su hija para no 'tirar la toalla cuando se trata de tus hijos'. Tras una búsqueda de opciones, Eva contactó por teléfono con la Fundación Amigo, donde sintió 'una sensación de esperanza' desde el primer momento. Tras varios meses en lista de espera, debido a la alta demanda del recurso, la familia pudo iniciar el proceso de terapia y recuperación. Eva decidió afrontar la terapia con total honestidad. 'Una vez que di el paso, me propuse que fuera sin tapujos, ya todas las cartas sobre la mesa', asegura. Este compromiso fue clave, ya que, como admite, por pudor y vergüenza, a sus amigos más íntimos nunca les había contado 'todo'.