Muchos han sido los exploradores que han soñado con conquistar tierras ignotas y pocos quienes lo han conseguido. Al primero de esos grupos perteneció Charles Francis Hall, un aventurero estadounidense de hace dos siglos obsesionado con dominar el Ártico y que acabaría sus días en ese rincón del mundo que ahora está tan en el punto de mira: Groenlandia. El pequeño detalle de que no tenía experiencia como navegante no parecía importarle mucho. Se enroló en barcos balleneros, aprendió las costumbres de los inuit para sobrevivir en el frío, ahorró al máximo para financiar su viaje y logró, ni más ni menos, una ayuda económica del Congreso de Estados Unidos para su misión de ser el primero en llegar al Polo Norte. Con un optimismo desbordante, en junio de 1871 partía el barco Polaris desde Nueva York. Sin embargo, desde el primer momento, la expedición dio muestras de que aquello sería un fiasco. La tripulación de 25 hombres se dividió entre grandes disensos sobre cómo abordar la aventura, con tres oficiales al mando que no compartían el mismo plan. Algunos desertaron incluso antes de partir; otros se pasaron el viaje borrachos, mientras que Hall no fue capaz de imponer su liderazgo y encauzar la insubordinación de quienes se dedicaron a sabotear el proyecto.