Este viernes, en la antigua Basílica de Guadalupe, el boxeo se permitió una pausa. No hubo reflectores ni campanas; hubo silencio, memoria y una misa por el aniversario luctuoso de José Sulaimán Chagnón. Pero el corazón del acto no estuvo solo en el altar, sino en las palabras de su hijo, Mauricio Sulaimán, quien habló más como hijo que como presidente del CMB, más desde la herida que desde el cargo.Mauricio no edulcoró la historia. Recordó que mientras su padre estuvo vivo y activo, muchas de sus decisiones fueron incómodas, combatidas y hasta vilipendiadas. “Cuando estás en acción, hay cosas que no son aceptadas”, dijo, y puso el ejemplo más claro: la reducción de las peleas de campeonato de 15 a 12 rounds. En su momento fue un escándalo, casi una afrenta al negocio. Hoy es tan natural que nadie recuerda que alguna vez fue distinto. “Ahora ya nadie ni se acuerda cómo se peleaba”, soltó, con esa mezcla de serenidad y ironía que solo da el tiempo cuando termina poniendo todo en su lugar.???? Mauricio Sulaimán recordó con cariño a José Sulaimán, su padre, y el hombre que le enseñó al boxeo a no olvidar a los suyos. ???????????????? @OlgaHirata???? https://t.co/vixkdsaHWT pic.twitter.com/Y6cmrMGM5I— La Afición (@laaficion) January 16, 2026 Habló también de la resistencia feroz que enfrentó su padre desde Estados Unidos: medios de comunicación, televisoras, promotores. Poderes que reaccionan con dureza cuando alguien no toma decisiones “acorde a lo que ellos buscan”. Don José —recordó Mauricio— tuvo que “fajarse bien los pantalones” más de una vez. No era terquedad, era convicción. Y ese carácter le costó ataques, conflictos y desgaste. “Cuando mi papá se murió, todo mundo bajó la guardia”, confesó. Solo entonces muchos revisaron el pasado y dimensionaron al dirigente que había sido: uno de talla mundial, del más alto nivel.Ese ajuste de conciencia colectiva marcó también el camino de Mauricio. “Por eso para mí ha sido muy diferente”, explicó. El trato cambió. Llegaron el cariño, la aceptación, el respaldo. No como herencia automática, sino como reflejo tardío del respeto ganado por José Sulaimán. Pero el momento más potente de sus declaraciones no tuvo que ver con política deportiva, sino con la ausencia cotidiana. Extraña los desayunos en Sanborns, las comidas en casa, las migas con huevo que preparaba su madre, las películas, las charlas interminables. “La gente se reunía nada más para escucharlo”, dijo. Don José tenía ese raro don de la palabra que no alecciona, sino que abraza.Mauricio habló del padre cariñoso, besucón, apapachador. Recordó con una sonrisa contenida cómo su papá le enseñó a dar masajes cuando era niño sin decírselo explícitamente. “Él me daba masaje, y luego me decía: ahora tú”. Desde entonces, ese gesto los acompañó toda la vida. “Es lo que más extraño”, admitió, sin dramatismo, con la voz de quien ya aceptó la pérdida, pero no la ausencia.También compartió el momento personal complicado que atraviesa hoy, con personas —dijo— que intentan abusar de su poder económico y político, particularmente en Estados Unidos, armando historias que no existen. En ese contexto, recordó una llamada reciente con un amigo de décadas que le dejó una lección brutalmente honesta: lo normal es que la gente actúe por conveniencia; lo extraordinario es quien demuestra lealtad incluso cuando eso le cuesta. Esa reflexión lo llevó de regreso a una de las máximas de su padre: hacer lo que se tenga que hacer sin esperar nada a cambio. Ni gratitud, ni lealtad, ni aplausos. Solo hacer lo correcto. Esperar algo a cambio —dijo— suele ser un error.Y volvió entonces al tema que para José Sulaimán era sagrado: la familia. No solo la de sangre, sino la extendida. “En los Sulaimán Saldivar la familia siempre se extendió a toda la comunidad del boxeo”, recordó. Por eso, ver a tantas personas reunidas un viernes, en día laboral, tan lejos de la comodidad y del espectáculo, fue algo que —confesó— no sabe cómo agradecer.La misa terminó, pero el mensaje quedó flotando en la Basílica: José Sulaimán no fue perfecto, pero fue congruente. Y esa congruencia, incómoda mientras estuvo vivo, hoy explica por qué su figura sigue convocando, uniendo y obligando a mirar al boxeo con algo que no siempre le gusta al negocio: memoria, conciencia y humanidad.MGC