Un día perfecto

1.- Fue Lou Reed el que compuso una canción llamada Perfect Day, una canción tristona, melancólica, sarcástica. Hay que desconfiar de los días perfectos, canta el bueno de Lou, que se bebió enterita la Nueva York de los setenta sentado en Studio 54. Y tenía razón: desconfiemos de esos días en que de buena mañana te ponen en el bar el café con el punto justo de leche y de calentura y la media tostada por el lado que te gusta. Empieza a preocuparte si después al llegar a tu empresa tu jefe te felicita aunque no cumplieras los objetivo (que es lo que tiene méritos, no lo otro). Alármate cuando llegues a casa y veas en el informativo de la noche que Trump lleva más de tres días sin decir que va a invadir algún otro país, y que Feijóo y Sánchez se comprometen a pactar, pese a quien pese y caiga quien caiga, nuevas normas para el tute, el mus y el parchís en un inaudito ejercicio de empatía y valentía mutua. Pero si además, en el colmo de los colmos, a las once de la noche ves cómo el Real Madrid es eliminado de la Copa en el último minuto del descuento por un equipazo del calibre del Albacete, huye. Huye hasta donde alcances y tus piernas te lleven porque tanta buenaventuranza junta no puede durar mucho y la venganza, que siempre está a la vuelta de la esquina, será terrible y arrasadora. Así que cuando el miércoles cerca de la medianoche vi cómo el tal Jefté metió esa rosca imposible que acabó en la red de Lunin en el minuto noventa y cuatro, en vez de celebrarlo saltando como un poseso y viendo una y otra vez el estado catatónico de Roncero hundido en su sofá, me eché las manos a la cabeza y pensé verás mañana, Jesús, verás mañana, te caerán las siete plagas a la vez, un par de macetas por cada cornisa sobre la que andes y catorce reproches de tu pareja más que merecidos por no atender cuando te dice algo. Atento, Jesús, por dios te lo digo.