“Son cosas que se dicen en campaña, pero que cuando se ocupa el poder se moderan, y queda lejos lo que se hace de lo que se dice”. Así se justificaban en prensa, a menudo, las autoritarias y demagógicas declaraciones del candidato Donald Trump antes de convertirse en el 45º presidente de los Estados Unidos de Norteamérica en el período 2017-2021. La verdad es que las conclusiones a las que yo llegaba eran que me recordaba a la figura de Hitler, o de Nerón, y me parecía tan exagerado que había que repensarlo constantemente. El 6 de enero de 2020 el asalto al Capitolio por fuerzas fascistas paramilitares alentadas desde la Casa Blanca, y organizadas desde el entorno presidencial, fue la confirmación terrible y sangrienta de que Trump era un peligro para su propio país y para el resto de la humanidad.